
Hace aproximadamente un mes comenzó a circular con insistencia la versión de que la bancada de Morena en el Congreso estatal votaría en bloque en contra del paquete fiscal 2026, presentado por el gobernador Esteban Villegas Villarreal. Se decía que, independientemente del contenido del presupuesto, la instrucción de la dirigencia nacional, encabezada por Luisa María Alcalde Luján, era el rechazo. La explicación: un revanchismo político sin sentido. A primera vista aquello resultaba improbable, sobre todo considerando la relación institucional y de trabajo que existe entre Esteban Villegas y la presidenta Claudia Sheinbaum. Además, Durango ha sido históricamente de las primeras entidades en respaldar las iniciativas federales enviadas a los congresos locales. Cuando se les preguntó directamente a los legisladores de Morena, muchos negaron que existiera una “línea” y aseguraron que analizarían con seriedad el presupuesto antes de decidir.
Pero el martes pasado todo cambió. A pocas horas de la votación se filtró un audio en el que la dirigencia de Morena impartía la orden de votar en contra de todos los presupuestos estatales de los nueve estados donde el partido no gobierna. El argumento: esos estados no apoyaron el presupuesto federal, por lo que debían recibir castigo. Una lógica de ojo por ojo, diente por diente, arcaica y visceral que no piensa en ciudadanos, en contextos, en diferencias reales. Todos los estados fueron metidos en el mismo costal, sin importar sus avances ni sus necesidades.
Ese gesto político adquiere un peso aún más grave al observar lo que realmente proponía el presupuesto 2026 de Durango. Bajo la administración de Villegas Villarreal el paquete ascendía a 51 mil 550 millones de pesos, la cifra más alta en la historia de la entidad. Representaba un crecimiento significativo en comparación con años anteriores. No contemplaba nuevos impuestos, no recurría a endeudamiento externo, y mantenía un equilibrio entre ingresos y egresos. Pero sobre todo, destinaba recursos a lo que realmente importa: salud, educación, seguridad, campo, infraestructura y bienestar social. Hablamos de inversión real en hospitales, escuelas, impulso al campo, obras públicas: oportunidades para miles de familias duranguenses.
Ese presupuesto no es un capricho político. Es un plan serio, responsable, pensado con visión de estado, con conciencia social. Y lo más lamentable: un bloque partidista decidió votarlo en contra sin siquiera discutirlo. Solo por obedecer una consigna. Solo por revanchismo. Eso no es política, es ejercicio de poder ciego. Anteponer intereses de partido por encima del bienestar ciudadano.
El voto final fue 14 a favor y 11 en contra. El presupuesto se aprobó. Pero la derrota no está en los números. La derrota está en la falta de criterio, en la sumisión, en la renuncia al papel de representantes del pueblo. Si uno de los objetivos de la democracia es representar a la ciudadanía, lo ocurrido es una advertencia: hay quienes olvidan para quién trabajan. Disentir, debatir, cuestionar, proponer: todo eso es legítimo. Pero votar sin razonar, sin evaluar, sin responsabilidad, merece condena. Cuando la política se convierte en una herramienta de venganza, cuando se prioriza la disciplina de partido por encima de las necesidades del pueblo, la democracia se desvanece. Y los ciudadanos quedamos atrapados en ese juego sucio.
Durango merece conducción responsable. Merece decisiones con visión, no venganzas disfrazadas de lealtad partidista. Merece representantes que piensen antes de obedecer, que prioricen bienestar sobre consigna, que defiendan al pueblo antes que al partido. Merece que su voz sea escuchada. Espero que quienes tengan memoria recuerden esto y quienes tengan dignidad actúen en consecuencia.