
El pasado 22 de febrero, México vivió uno de los episodios más críticos de su historia reciente. En Jalisco, un operativo coordinado permitió la captura y abatimiento del narcotraficante conocido como “El Mencho”; sin embargo, lejos de ser un día de celebración, el domingo se convirtió en una jornada de miedo, incertidumbre y violencia para miles de jaliscienses.
Mientras algunos siguen romantizando apodos y construyendo historias de héroes alrededor de figuras criminales, hubo familias que no pudieron salir a trabajar, ciudadanos despojados de sus vehículos y madres que no dejaron de llamar a sus hijos para asegurarse de que estaban a salvo.
Y sí, todo esto que dejó es la realidad del narco, el temor, el caos, la incertidumbre y sobre todo las vidas de miles de mexicanos alteradas en cuestión de horas.
Detrás de ese operativo hubo años de trabajo de inteligencia y coordinación entre las fuerzas federales. Elementos del Ejército Mexicano, la Guardia Nacional y distintas corporaciones de seguridad actuaron bajo un mismo objetivo, proteger a la ciudadanía.
Su labor es constante, estratégica y muchas veces silenciosa, pero también implica el mayor de los riesgos, mientras algunos levantan altares y reproducen canciones que glorifican a los capos, hay elementos que exponen su vida todos los días.
El domingo murieron alrededor de 26 integrantes de las fuerzas de seguridad en cumplimiento de su deber, mientras algunos criminales reciben homenajes en canciones y series, los hombres y mujeres que portan uniforme regresan a sus hogares donde hay familias esperándolos; y eso quienes tienen suerte de volver.
Ellos, no tienen corridos ni producciones que los conviertan en protagonistas; tienen disciplina, vocación y el compromiso de enfrentar a quienes siembran violencia.
La narcocultura no es tradición ni identidad, al contrario, es violencia normalizada, es una narrativa que seduce a los jóvenes con la ilusión del poder y el dinero fácil, pero que en realidad conduce a la cárcel o la muerte.
Como sociedad tenemos que cuestionarnos qué estamos consumiendo y qué estamos celebrando; escuchar música que glorifica criminales frente a nuestros hijos, aplaudir despensas regaladas sin cuestionar de dónde provienen, romantizar series que convierten delincuentes en protagonistas… no es inocente, es ignorar deliberadamente la otra cara de la moneda esa en la que se ve el reclutamiento forzado, la drogadicción, la extorsión y la pérdida de vidas.
El apoyo social a los narcotraficantes, deja comunidades paralizadas, familias rotas y un país atrapado en ciclos de violencia innecesarios donde ya no se puede vivir con tranquilidad. En contraste, las fuerzas de seguridad sostienen una labor compleja y permanente que merece reconocimiento y respaldo.
Antes de levantar un altar a quien construyó su fortuna a costa del miedo, conviene recordar quiénes son los que realmente arriesgan todo para mantener el orden.
No son héroes quienes se enriquecen con sangre, héroes son quienes la arriesgan para protegernos.