
A finales de 1999, en lo que podría llamarse la prehistoria de Internet, desarrollé el portal durango.net.mx. Ignoraba entonces que las grandes empresas tecnológicas, las famosas punto com, estaban colapsando en todo el mundo. De haberlo sabido, quizá lo habría pensado dos veces antes de lanzarme a esa aventura digital. No existían las redes sociales como las conocemos hoy ni los algoritmos que ahora deciden qué vemos o qué pensamos. Era una red más libre, más ingenua, pero también más humana. Aun así, el portal logró convertirse en un punto de encuentro para muchos duranguenses, tanto para quienes vivían en el terruño como para los que habían emigrado. En los foros y el chat se compartían ideas, recuerdos y amistades. Había incluso una sección llamada “Conoce amigos”, donde se podían subir cinco fotografías y dejar comentarios. Con la distancia del tiempo, aquel experimento fue un pequeño Facebook artesanal, nacido del entusiasmo más que de la estrategia.
Con el crecimiento de las redes sociales llegaron nuevos actores. Primero los usuarios comunes y después la clase política, que descubrió en esas plataformas un terreno fértil para la difusión de ideas, discursos y campañas. En aquellos años nos preguntábamos si era posible ganar una elección desde las redes sociales. La respuesta era que no, pero también que se podía perder si se descuidaban. Los casos internacionales lo confirmaron. La Primavera Árabe mostró el poder de la comunicación digital para derrocar dictadores, Barack Obama alcanzó la presidencia de Estados Unidos con un uso magistral de las plataformas y en México el movimiento #YoSoy132 marcó un antes y un después en la organización ciudadana. Más tarde, Andrés Manuel López Obrador las llamó con gratitud “las benditas redes sociales”, porque fueron precisamente ellas las que le dieron un apoyo decisivo en momentos en que la mayoría de los medios tradicionales le cerraban los espacios.
Hoy, sin embargo, ese paradigma se encuentra en riesgo. Lo que algunos ya llaman la muerte de Internet no alude a la desaparición de la red, sino al fin de la etapa en la que los seres humanos éramos sus principales protagonistas. En pocos años, los antiguos bots que inflaban tendencias o atacaban adversarios fueron reemplazados por inteligencias artificiales capaces de crear y administrar cuentas completas, de generar comentarios y de dirigir conversaciones enteras. En plataformas como TikTok, Instagram, Facebook o X ya no resulta sencillo distinguir si detrás de un perfil hay una persona o un sistema automatizado. El riesgo es evidente: cuando buena parte de los usuarios no son reales, las redes dejan de reflejar el sentir ciudadano y se convierten en una simulación controlada por intereses invisibles.
Se estima que para 2030 el noventa por ciento de la información que circule en Internet será generada por inteligencia artificial. Eso significa que la mayoría de los textos, imágenes, videos y opiniones que consumamos podrían no tener origen humano. En un entorno así, la posibilidad de manipular percepciones será enorme. La verdad podrá fabricarse, las fake news encontrarán terreno fértil y las tendencias podrán construirse a conveniencia. En el terreno político, los candidatos deberán poner los pies sobre la tierra. Muchos, influidos por el enorme ego que caracteriza a la clase política, se volverán presas fáciles de encuestas y estudios amañados que les harán creer que gozan de un triunfo asegurado y de una buena imagen ante la gente, cuando en realidad solo viven dentro de una retórica falaz. La realidad puede ser tan desastrosa como la que enfrentó Xóchitl Gálvez, quien según encuestas y sondeos de opinión, como los de la empresa Massive Caller, aparecía como ganadora y terminó muy lejos de ello.
Hace veinticinco años la quiebra de las punto com demostró que Internet no era un mercado de millones de personas iguales, sino millones de mercados de una sola persona. Hoy podríamos estar aprendiendo una lección distinta pero igual de importante: el valor de la red no depende de su tecnología, sino de cuánta humanidad quede dentro de ella. Si el debate público termina siendo administrado por inteligencias artificiales, no morirá Internet, pero sí la conversación humana que alguna vez le dio sentido.