
Hablar de salud pública en México se ha convertido en un ejercicio de contraste permanente entre el discurso oficial y la realidad que enfrentan millones de familias día con día, pues además de la burocracia que se genera en el sector, todavía se tiene que lidiar con la falta de una buena atención y cobertura; a pesar de ello desde el atril se presume un sistema fortalecido, cifras históricas y “transformaciones” profundas, pero fuera de los informes y las “mañaneras”, la atención médica sigue siendo uno de los pendientes más dolorosos del país; no se trata de negar avances aislados, sino de reconocer que el deterioro acumulado desde hace décadas, incluida la administración pasada, sigue pasando factura. Hoy, para muchos mexicanos, enfermarse sigue siendo sinónimo de incertidumbre, gasto de bolsillo al tener que recurrir a la atención privada y, en el peor de los casos, abandono institucional, porque lamentablemente existen otras prioridades.
Cobertura.
Uno de los grandes problemas es la falta de cobertura real y oportuna, clínicas saturadas, consultas diferidas por meses y hospitales operando al límite se han vuelto parte del “paisaje” cotidiano. La atención primaria, que debería ser el primer filtro para prevenir enfermedades mayores, está debilitada, y eso provoca que los hospitales reciban casos que pudieron atenderse antes, con medidas de prevención, y ya no hablemos de otro tipo de padecimientos crónicos que no son atendidos por la falta de especialistas y de medicamento; pero mientras los informes hablan de universalidad, la experiencia de los pacientes demuestra que el sistema no alcanza ni en personal, ni en infraestructura, ni mucho menos en capacidad de respuesta.
ISSSTE e IMSS.
Las fallas en el ISSSTE y el IMSS no son hechos aislados ni inventos de la oposición, son reclamos muy justos de las familias mexicanas, porque incluso en distintos estados se han documentado carencias de médicos especialistas, equipos fuera de servicio y retrasos graves en cirugías y tratamientos; derechohabientes que pagan cuotas puntualmente se enfrentan a la frustración de no recibir atención digna cuando más la necesitan. La falta de medicamentos sigue siendo una constante, así como los tratamientos especializados para la atención del cáncer, por poner un ejemplo, y todo esto ha obligando a las familias a comprar por su cuenta lo que el sistema debería garantizar, convirtiendo el derecho a la salud en un privilegio condicionado al ingreso.
El espejismo.
El caso de la mega farmacia que puso en “funcionamiento” Andrés Manuel López Obrador, es quizá el ejemplo más claro de una política basada en la percepción y no en la solución de fondo. Inaugurada como la respuesta definitiva al desabasto, terminó evidenciando que las ocurrencias no sustituyen a la planeación, pues desde su inauguración se veían almacenes llenos, pero eso no significó medicinas en los hospitales, ni tratamientos completos en las manos de los pacientes, fue tan solo una apuesta mediática que no resolvió la logística ni la distribución, pero sí sirvió para intentar maquillar un problema estructural que sigue sin atenderse con seriedad. Bueno, hasta se llegó a mencionar que el sistema de salud ya estaba como en Dinamarca, algo que los mexicanos seguimos esperando constatar.
Inversión sostenida.
Mientras el Gobierno Federal presume logros, las familias siguen sintiéndose desprotegidas ante una enfermedad grave, la salud no puede depender de discursos optimistas ni de inauguraciones simbólicas; requiere inversión sostenida, evaluación honesta y voluntad para corregir errores. México no ha alcanzado los índices de atención, cobertura y abasto que los ciudadanos esperan y merecen. Reconocerlo no es debilitar al Estado, es el primer paso para fortalecerlo, porque en salud, negar la realidad no cura a nadie, pero asumirla puede salvar vidas.