
Díscolo es un adjetivo que describe a una persona traviesa, desobediente o rebelde.
Se refiere a aquel individuo que muestra una actitud de rebeldía o indisciplina, especialmente en situaciones donde se espera obediencia o comportamiento adecuado. Los díscolos desafían normas, cuestionan autoridades y buscan romper reglas impuestas, manifestando esta actitud en diferentes ámbitos de la vida como el hogar, la escuela, el trabajo o la sociedad en general. Un individuo díscolo es una persona difícil de tratar ya que no es dócil ni se integra con facilidad a los grupos. El díscolo no está dispuesto a cumplir órdenes ni a seguir instrucciones. Por eso suele enfrentarse con sus jefes o superiores jerárquicos, e incluso con las autoridades. Tomemos el caso de un diputado que decide no respetar los mandatos de su partido político. Por eso vota de acuerdo a su voluntad, sin conversar con sus compañeros y sin preocuparse por lo acordado en el seno de suorganización. Además, muchas veces critica en los medios de comunicación a dirigentes de su misma entidad. Debido a estas particularidades, podría decirse que se trata de un diputado díscolo. El fenómeno de los “díscolos” se refiera a aquellos parlamentarios que se pronuncian en contra de lo que definen sus bancadas a la hora de votar proyectos de ley. Diversos han sido los episodios de “indisciplina” parlamentaria y política en general durante los últimos gobiernos. De hecho, diputados y diputadas, senadores y senadoras y todos los que tienen que votar por tal o cual iniciativa, propuesta o declaración del gobernante del partido al que pertenecen, han ido -en más de una ocasión- en contra de lo que han acordado sus pares. Si bien es cierto estos díscolos pertenecen a un partido determinado, sus sufragios, declaraciones, posturas, ocurrencias y berrinches reflejan estar lejos del ideario de la mayoría de sus compañeros de partido. En el actual periodo legislativo de la cámara de diputados, como nunca antes, ha quedado en evidencia el problema que ha significado para el gobierno federal, la influencia de algunos parlamentarios, que, habiendo llegado al congreso afiliados o apoyados por un partido político, de la nada se vuelven protagonistas y deciden tomar caminos propios, ya sea por diferencias con las colectividades que representan o con otros legisladores de sus respectivas bancadas. La percepción de los partidos como un ente que confiere legitimidad al sistema democrático ha ido decreciendo a tasas realmente asombrosas. Así las cosas, los partidos ya no son vistos como un sostén de gobernabilidad y canalización formas de demandas políticas, y aquel síndrome se tornó aún más crítico cuando los políticos poco a poco fueron prescindiendo de ellos. Una de las manifestaciones más evidentes de desinstitucionalización de un sistema de partidos es precisamente cuando éstos dejan de ser un ente clave para determinar el acceso al poder. Fenómeno cada vez más creciente en el México contemporáneo. Lo anterior explica el fenómeno de los caudillos, díscolos o regionalistas. Durante los años recientes, hemos sido testigos de la indisciplina parlamentaria de algunos díscolos, los cual se ha vuelto un dolor de cabeza para los distintos gobiernos. El argumento de los díscolos es: “Yo voto conforme a mis convicciones, defendiendo ideas, principios y valores: no a órdenes de bancada o de partido”. El díscolo es una criatura híbrida que hace carrera jurando fidelidad y, al minuto siguiente, vota en contra de su propia bancada. Nada puede contener los arranques y arrebatos nómada de los políticos díscolos que siempre están dispuestos a declararse independientes si la ocasión lo amerita. La paradoja es cruel: en un país donde los representantes gozan de una libertad absoluta, el único realmente encadenado es el ciudadano común.
Email: [email protected]