
El expresidente de nuestro país, Andrés Manuel López Obrador, apareció en la “escena” pública para presentar su nuevo libro titulado “Pueblo”, rompiendo una regla no escrita que ha existido a través de las décadas en el post-ejercicio de gobierno, en los tres órdenes de gobierno, que es el no “robarle cámara” al gobernante en turno, máxime cuando se trata de un sucesor perteneciente al mismo partido. Y es que, como es su costumbre, tener “otros datos” quizá le permite salir a declarar lo que él considera oportuno, porque además cayó, desde mi punto de vista, en una descortesía para con Claudia Sheinbaum, pues ella misma declaró que no tenía conocimiento de que su antecesor aparecería en sus redes hablando de lo que ocurre en México. Al menos debió avisar que estaría presente en la agenda política y mediática, porque irse “por la libre” no es una buena señal de que respete a quien dirige los destinos de esta tierra. De hecho hay quienes sugieren que sale en un momento álgido y ello distraerá la atención de lo que está pasando, quizá, pero eso no le da derecho a no respetar las formas.
Competencia.
Nadie puede cuestionarle a López Obrador su derecho a escribir libros, expresar sus ideas o defender el legado de su administración; lo hizo durante décadas y puede continuar haciéndolo. El problema comienza cuando la presentación de una obra se convierte en un mensaje político donde habla del pasado, del presente y de la propia Cuarta Transformación. Por más que asegure que está retirado de la actividad política, resulta complicado separar una cosa de la otra. López Obrador no es un escritor cualquiera, es el fundador y principal referente del movimiento que gobierna México; cada palabra suya genera titulares, reacciones y posicionamientos; por eso su aparición compite con la agenda de Claudia Sheinbaum, aunque esa no hubiera sido su intención.
Percepción.
Desde que llegó a Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum ha tenido que enfrentar una percepción que sus adversarios alimentaron desde antes de la elección, que López Obrador seguiría tomando decisiones detrás de ella. El propio expresidente rechazó esa idea y aseguró que no es un “jefe máximo” ni un poder detrás del trono; sin embargo, precisamente por eso tendría que cuidar más las formas. Si verdaderamente pretende dejar claro que la Presidenta gobierna con autonomía, lo conveniente sería evitar cualquier aparición que pueda interpretarse como una irrupción en la agenda nacional. Sheinbaum necesita construir su propio liderazgo, tomar sus propias decisiones y asumir sus propios costos.
Escenario electoral.
La reaparición ocurre además cuando comienza a calentarse el escenario electoral de 2027 y Morena enfrenta decisiones internas que inevitablemente generan inconformidades, rupturas y disputas entre sus diferentes grupos. En ese contexto, cualquier mensaje de López Obrador adquiere una dimensión mucho mayor a la simple promoción editorial. Basta una frase, un reconocimiento o una crítica para provocar interpretaciones entre gobernadores, legisladores, dirigentes y aspirantes; él conoce perfectamente el peso político de sus palabras y sabe que difícilmente puede aparecer públicamente como un ciudadano más. Durante seis años construyó una enorme influencia dentro de Morena y entre millones de seguidores; pensar que esa influencia desapareció porque dejó Palacio Nacional sería ingenuo, por eso, cuando decide hablar, inevitablemente mueve piezas, aunque asegure que ya no participa.
Peso político.
Los expresidentes mexicanos han seguido caminos distintos después de entregar el poder, pero existe una razón para esa vieja regla no escrita de mantenerse alejados, permitir que quien llega gobierne sin interferencias ni comparaciones permanentes. López Obrador decidió romper muchos moldes durante su carrera y parece dispuesto a hacerlo también como expresidente. Está en su derecho de publicar, opinar y participar en el debate público; nadie pretende condenarlo al silencio, pero también debería entender que su voz tiene un peso que rebasa cualquier presentación literaria.