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UN HOMBRE ELIGE Y EL PAIS DEBE ADIVINAR

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Como ocurre cada seis años en el calendario político mexicano, el fantasma del futurismo se pasea, travieso a veces, solemne en ocasiones, persistentemente negado y mientras más se le niega con alardes de patriotismo o clara y simple ambición personal, más notorio es su dominio en nuestra vida pública. En cada régimen gubernamental de las ultimas décadas, es irremediable que a partir del quinto año aparezca la obsesión generalizada de adivinar la gran decisión, de anticiparse al instante en que va a nacer el nuevo sol y así el enigma quede resuelto. Es esta la etapa propicia a los retratos hablados, cuando la creación o interpretación del rumor se convierte en virtuosismo hermético, clandestino y confidencial, pero también en punto de arranque de complicadas y retorcidas teorías en cuyo desarrollo el invariable afán de adivinar se disfraza de serena objetividad, de penetración de juicio o de noble preocupación por el futuro inmediato del país. El político de carrera –esa peculiar carrera cuyo impulso efectivo es solo la disciplina-, encuentra óptimas todas las opciones. El profesional de la política, en nuestro medio, pocas veces esta consiente de que lo es solo, en rigor, de esa divinizada disciplina partidista o a una sola persona que le permite ascensos en los niveles burocráticos a condición de mantener en intimo e inviolable secreto sus opiniones, sus preferencias ideológicas y el color de su credo político. Esta fauna de burócratas de todos los niveles se aleja a toda posibilidad de definirse. No se plantea el problema de la sucesión presidencial como un análisis de la problemática mexicana del momento para decidir cuál de los aspirantes pudiera ser la persona mejor dotada o preparada para enfrentarse con mayores posibilidades de acierto a las necesidades nacionales. Entonces el pueblo nunca trata de buscar al mejor hombre o mujer, sino de adivinar al favorecido en la unipersonal decisión. La preocupación colectiva, concentrada en un proceso adivinatorio, se expresa en tareas que ni siquiera pueden controlar los aspirantes. Los integrantes de un proyecto sabotean los aciertos de los demás y de pasadita la coordinación gubernamental, por más que se asegure lo contrario, sufre continuos deterioros y desgaste. Por otra parte, para no ser inevitablemente excluido, todo aspirante que se respeta no puede tener otro afán que extremar y cuidar su plena y total lealtad con el presidente en turno. Además de comprometida y probada solidaridad, se tendrá que designar a quien cuide las espaldas al régimen que concluye y le permita alguna sobrevivencia o por lo menos un digno silencio. Se ignora en este juego la comprobable realidad de que cada uno de estos aspirantes sirve a la política del presidente y desempeña, por lo tanto, el papel que el director de escena le encomienda representar. El elector único es quien pone en juego las cartas y se reserva la última palabra para cuando lo considera oportuno. Cada seis años cambia un poco el modus operandi de la gran decisión, pero su impulso y su naturaleza básica, permanecen inalterables. Este cumulo de circunstancias define al futurismo mexicano. Mientras esto sucede por ser tema obligado diariamente, los editorialistas, opinologos y políticos de café tratan de adivinar quién será el elegido, pero con qué fin si el gobierno que viene será prolongación del que ahora gobierna. A estas alturas, las preocupaciones por la sucesión presidencial no podrán detenerse, cuando en la realidad no se justifican, pues como cada seis años, un hombre elige y el país debe adivinar.   

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