
Un Un Estado laico no se trata de un Estado ateo, sino neutral. No está a favor ni en contra de algún dogma o creencia, su objetivo es garantizar que ninguna religión se imponga desde la función o el poder público. Así lo establece la Constitución en sus artículos 40 y 130. Por eso existen restricciones para los ministros de culto, quienes no pueden pertenecer a la función pública ni asociarse con fines políticos.
El reciente ritual en el que participaron los nuevos ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación generó polémica, pues incluyó sahumerios de copal, flores, caracolas, cantos en lenguas originarias y la consagración de bastones de mando en Cuicuilco. Allí se invocaron símbolos como el sol, la luna, la tierra, el colibrí y figuras mitológicas como Quetzalcóatl o Tonantzin. Pero no es un culto religioso organizado, se trata de una cosmovisión ancestral y de la mitología indígena. De forma absurda, se ha tratado de calificar como una “adoración a dioses paganos” lo que en realidad es un desconocimiento total del carácter cultural de estos ritos. Puede discutirse si es legítima la presencia de estos símbolos en actos oficiales, pero no puede equipararse con la imposición de una religión; no existe parangón.
Muy distinta es la coyuntura cuando los funcionarios utilizan su investidura para estimular una religión con un auténtico poder y estructuras de influencia. Existen muchos ejemplos: Vicente Fox inició su sexenio portando símbolos católicos, recibió al Papa Juan Pablo II en Los Pinos con motivos religiosos y políticos, y mezcló la investidura presidencial con el catolicismo. Felipe Calderón utilizaba de forma reiterada en sus discursos frases como “¡Que Dios los bendiga!”, y se hizo notorio el uso de la figura de la Guadalupana en contextos de Estado, con lo que envió mensajes confesionales desde el poder público. Más recientemente, la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega rezó con un movimiento de ultraderecha dentro de la Alcaldía Cuauhtémoc, un hecho que sí constituye una violación directa a la laicidad: los espacios públicos no pueden convertirse en templos ni foros religiosos.
El ex presidente López Obrador, en varias ocasiones en sus “mañaneras”, mencionó que era cristiano y citó pasajes bíblicos. Habló de Jesucristo como ejemplo de lucha por los pobres y mostró estampas religiosas como amuletos personales. Estas expresiones generaron críticas, pues en ocasiones sus dichos trascendieron lo privado y se convirtieron en un mensaje que, aunque no llegó a ser imposición, sí incomodó a parte de la ciudadanía que esperaba absoluta neutralidad. A pesar de ello, nunca entregó poder ni recursos del Estado a una iglesia. Lo suyo fue una retórica cargada de simbolismo moral y espiritual, aunque existía el riesgo de desdibujar la línea entre lo personal y lo público.
En el caso de Claudia Sheinbaum, las diatribas sobre su supuesto “antirreligiosismo” no tienen sustento. Ella ha declarado públicamente que respeta todas las religiones y que el Estado debe garantizar esa libertad de forma imparcial. Cuando firmó el “Compromiso por la Paz”, promovido por la Iglesia católica, dejó claro que lo hacía desde el respeto, pero sin subordinarse a ninguna jerarquía religiosa. Su postura es congruente con la tradición republicana mexicana: diálogo respetuoso con las iglesias, pero plena defensa del principio de laicidad. A diferencia de gobiernos anteriores que abrieron de par en par las puertas del poder a símbolos confesionales, Claudia mantiene la separación entre lo privado y lo público.
La diferencia entre cultura y religión organizada es esencial. Los rituales indígenas son expresiones de identidad de los pueblos originarios, no imposiciones de fe. En cambio, cuando presidentes como Fox o Calderón, o autoridades como Alessandra Rojo de la Vega, mezclan investidura pública con credos religiosos, sí violan el Estado laico. AMLO y Claudia Sheinbaum, con estilos distintos, han mantenido la neutralidad institucional, aunque en el caso del ex presidente sus expresiones religiosas en la mañanera abrieron un debate válido sobre los límites del discurso público. Es fundamental recordar la esencia del Estado laico, porque significa defender un pilar de nuestra democracia.