
A lo largo de la historia los jóvenes han protagonizado movimientos de reforma, revolución y contracultura. Desde el movimiento hippie y las protestas del 68 hasta la oposición a la guerra de Vietnam y el activismo climático, la juventud ha sido motor de cambios que cuestionan el orden establecido y presionan por derechos civiles, sociales y ambientales. En tiempos más recientes, y bajo el impulso de las redes sociales, surgieron expresiones como la Primavera Árabe y, en México, el movimiento #YoSoy132, que puso en vilo el triunfo de Enrique Peña Nieto y, fortaleció el proyecto político que seis años después, desembocaría en la llegada de Andrés Manuel López Obrador y la #CuartaTransformación.
El fenómeno que hoy se conoce como Generación Z no surge en un vacío. Desde 2018, y con más fuerza a partir de 2019, se activaron grupos de jóvenes que encontraron su propio lenguaje simbólico y táctico. Entre 2023 y 2024 se registraron olas de movilización estudiantil en países tan distintos como Francia, Indonesia, Nepal, Chile y Perú. En Nepal, los intentos del gobierno por censurar las redes sociales detonaron protestas masivas; en Indonesia y Filipinas, los jóvenes salieron contra la corrupción y los recortes a las libertades civiles; en Francia, participaron en huelgas contra reformas económicas; y en América Latina retomaron su tradición de exigir justicia social, fin de la impunidad y defensa del medio ambiente.
En México, este nuevo movimiento se ha identificado con la etiqueta “Generación Z México”, y su discurso combina la cultura pop con la crítica política. Su emblema, la bandera pirata de One Piece, es interpretado como una travesía contra la injusticia y un símbolo de unidad frente a las instituciones y los discursos heredados. En sus canales digitales, los organizadores insisten en que no pertenecen a ningún partido político, que no marchan contra la presidenta Claudia Sheinbaum ni a favor de una oposición que a falta de propuestas, intenta arrogarse sus causas. Afirman que su objetivo es enfrentar la corrupción, la falta de transparencia, la impunidad y la degradación ambiental, así como defender la diversidad y los derechos de las comunidades feministas y LGBTIQ+.
También señalan que, aunque lamentan el homicidio del alcalde Carlos Manzo, su movimiento no surgió a raíz de ese hecho. Aseguran que su indignación proviene del hartazgo frente a la corrupción que atraviesa gobiernos de todos los colores, de la violencia persistente, de la desigualdad y de la simulación política que, dicen, sigue tratando a la juventud como un accesorio o una estadística.
En días recientes, algunos de los jóvenes y chavorrucos ( algunos ya muy rucos) que se han manifestado contra el oficialismo fueron acusados de no tener legitimidad y ser solo infiltrados, mientras aseguran que siguen surgiendo convocatorias falsas y marchas “piratas” en distintas entidades. En respuesta, las cuentas oficiales de Generación Z México difundieron una lista simbólica de personas non gratas, señalando figuras vinculadas con MORENA, PAN, PRI, PVEM, MC, PT y otros espacios de influencia política y mediática. Esta decisión fue tomada luego de que en la Cámara de Diputados, el cordinador de la bancada del PRI Rubén Moreira, arropado por toda su bancada, apareciera en una fotografía con la bandera del movimiento, lo que generó críticas por un claro intento de apropiación de causas y símbolos.
Con todo, conviene mantener cautela. No basta con la fuerza estética ni con la viralidad digital. El verdadero desafío será traducir el descontento en propuestas reales, evitar la infiltración de intereses partidistas y resistir la tentación de convertirse en una más de esas entelequias que terminan disolviéndose en la retórica del cambio.
No se trata de estar con o contra la presidencia, sino de construir un espacio ciudadano que exija rendición de cuentas y respete la pluralidad. Si la Generación Z logra sostener su independencia y transformar su inconformidad en acción cívica, podría abrir una nueva etapa del pensamiento político juvenil en México. De lo contrario, su bandera pirata quedará reducida a un símbolo atractivo, pero vacío, una ilusión más en el vasto museo de las promesas inconclusas del poder.