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UN PRESIDENTE Y UNA PRESIDENTA MUY HONRADOS

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Gilberto Jiménez Carrillo

Cuando tomó la presidencia en 1832, México estaba prácticamente en la ruina, pero Múzquiz aceptó el puesto diciendo: Soy mexicano y debo hacer a mi patria todo el bien que esté a mi alcance. Le faltó tiempo, pues duró solo cuatro meses, suficientes para asentar un precedente de que sí se puede ser de una pieza y gobernar. Con la llegada de este presidente es buen momento para rescatar a un viejo mandatario y personaje singular mexicano, hoy traspapelado, Melchor Múzquiz, quien fuera nuestro séptimo presidente. La razón es una, de los más de sesenta presidentes que han pasado por el tan ambicionado taburete, sin duda Múzquiz ha sido de los contados, muy contados, que con una honradez impecable a prueba de pastelazos (por lo mismo murió en la pobreza), se entregó en cuerpo y alma a buscar sencillamente una cosa, el bien del país. Múzquiz no era un primerizo ni simplemente idealista, pues tenía gran experiencia política, siendo Múzquiz el primer Gobernador del Estado de México, en 1824, y repitiendo la gubernatura cuatro veces más. Como todo joven idealista, el nacido en Santa Rosa, Coahuila, interrumpió sus estudios para unirse a las tropas insurgentes, primero a las órdenes de Ignacio López Rayón, después dentro de su ascendente carrera militar estuvo bajo el mando de Guadalupe Victoria, hasta consumada la independencia. Al llegar a la presidencia, Múzquiz era querido por todos por su probada honradez y por la firmeza de sus propósitos y sencillez y humildad en el trato con los demás. Sin embargo, en su búsqueda del bienestar patrio, a don Melchor le daba por ser con extremo ahorrativo. El historiador José Villalpando comenta: En efecto, era un hombre que aborrecía profundamente la corrupción y el robo de los caudales público, y exageraba tanto sus previsiones, que le gustaba concentrar el producto de los impuestos en una habitación que hubo que apuntalar para que no se derrumbara por el peso de las monedas. En otras palabras: para salir bien en las cuentas y demostrar que mientras él estuviera a cargo no iba a haber una sola malversación de fondos, don Melchor procuró, hasta el final, no gastar un solo peso en absolutamente nada. Desgraciadamente llegaron momentos en los que era necesario gastar. Fue cuando a este incorruptible presidente, por ese mismo atributo y para mejorar las finanzas de su gobierno, ha pasado a la historia como el único presidente en cobrar impuestos nada menos que por ventanas y puertas de inmuebles, incluyendo asilos y conventos. Melchor Múzquiz subió al poder supliendo a Antonio Bustamante, quien solicitó licencia para pelear contra Santa Anna, revoltoso a más. Desde el principio como presidente intentó rodearse de gente a la altura que exigía su ética de trabajo. Tenía grandes planes, sin embargo, no tardó en caer la mosca en la sopa, cuando su querido jefe y amigo, Bustamante, negoció la paz con el odioso Santa Anna, dejándolo vilmente fuera de la jugada. Desairado, Múzquiz presentó su renuncia. El Congreso no la aceptó, entonces regresó el buen hombre al trabajo. No obstante, en poco tiempo ¡cuál sería su sorpresa!, al enterarse (por medios no oficiales) que ya no era presidente: Santa Anna y Bustamante habían pactado la paz y decidido poner en el banquito de títeres presidenciales a Manuel Gómez Pedraza, ¡y ni le avisaron a don Melchor!: Cuando Múzquiz se enteró, simplemente salió del Palacio Nacional y se fue a su casa. A pesar de todo, el incorrupto ex presidente mantuvo su dignidad, y después de haber recibido la patada en el trasero de la Casa Mayor, decidió regresar a ella dándose el lujo de decirle ¡públicamente! a Gómez Pedraza, el monigote de Santa Anna y Bustamante, que no sólo era un usurpador de una presidencia, sino que, además, apestaba a calcetín de soldado raso en retén. Fin de la fiesta, Gómez Pedraza, después de todo, era el presidente y como venganza le da a Múzquiz decretó de baja del Ejército, la institución que este hombre más amaba. Como no sabía hacer otra cosa, siempre vivió de su sueldo de General. Y es aquí viene una anécdota bonita: La honradez y el honor lo llevaron a la ruina. ¿Moraleja para Claudia Sheinbaum? No hace falta, sin duda nuestra presidenta honrará la memoria y el legado de Melchor Múzquiz, prueba de ello es su libro DIARIO DE UNA TRANSICION HISTORICA, una obra de obligada lectura.

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