
Tal parece que cuando desde el cuatroteísmo buscan ser “democráticos”, surge el mayor número de dudas en torno a qué está en el fondo de cada propuesta que, primero, buscan socializar, y posteriormente llevar al “terreno” legislativo. Tal es el caso de la que tiene que ver con crear un filtro en los partidos políticos para determinar que no participen en las elecciones perfiles con antecedentes de vínculos con grupos delincuenciales. En esencia pudiera parecer algo sano en un país donde la credibilidad en la clase política está por los suelos, pero el problema es que el Instituto Nacional Electoral (INE), no participaría en la anulación de la aspiración de un candidato, tal cual lo habría interpretado Guadalupe Taddei, la consejera presidenta del órgano electoral, sino que serán los partidos quienes hagan esas evaluaciones. Evidentemente estarán “palomeados” y se desestimará cualquier prueba; así lo han hecho hasta hoy. La otra tiene que ver con la anulación de una elección en caso de injerencia de otros países. Aquí es claro y fácil de predecir, cuando gane Morena no se tomará en cuenta cualquier intervención del exterior, pero cuando pierdan sí, y se realizaría una nueva elección; ¿hasta que ganen?
Instituciones.
El problema de este tipo de planteamientos no es el discurso, sino quién lo ejecuta; porque si realmente hubiera intención de limpiar la política mexicana, el primer paso tendría que ser fortalecer a las instituciones encargadas de investigar y sancionar, no delegar esa responsabilidad a los propios partidos, que históricamente han demostrado ser juez y parte. Resulta incluso ingenuo pensar que un instituto político vetará perfiles competitivos solo porque existan sospechas o señalamientos, sobre todo cuando muchos de esos personajes representan estructuras territoriales, recursos o capacidad electoral. En otras palabras, nadie se van a “disparar” en el pie. La propuesta parece más un intento de generar percepción pública de combate a la infiltración criminal, que una herramienta real para evitarla.
Democracia.
En el caso de la posible anulación de elecciones por injerencia extranjera, el asunto todavía genera más suspicacias. La pregunta central es quién determinará cuándo hubo intervención y cuándo no, porque en política mexicana ya hemos visto cómo las reglas suelen interpretarse según convenga al poder en turno. Si algún actor internacional opina, publica información o revela investigaciones que afecten a la oposición, seguramente será minimizado; pero si esos elementos perjudican al oficialismo, entonces podrían convertirse en argumento suficiente para invalidar procesos. La democracia no puede depender de criterios subjetivos ni de interpretaciones ideológicas, máxime cuando este gobierno sí ha intervenido en elecciones de otros países. Una elección se gana o se pierde en las urnas, no en oficinas donde después se reescriba el resultado.
Simulación.
Además, México no parte de cero en esta discusión. Basta recordar cómo, durante años, diversos candidatos con expedientes polémicos, investigaciones abiertas o presuntos nexos cuestionables han logrado competir y ganar cargos de elección popular sin mayor obstáculo. Muchos fueron impulsados por todos los partidos, sin excepción. Morena no es el único, pero sí el que más ha prometido una transformación ética y moral de la vida pública; por eso el estándar con el que hoy se le mide es distinto. Si realmente se busca impedir la participación de perfiles ligados al crimen organizado, tendría que existir un mecanismo independiente, transparente y jurídicamente sólido; de lo contrario, terminará siendo otra herramienta de simulación.
Coyunturas.
Al final, pareciera que muchas de estas iniciativas nacen más de coyunturas políticas que de una auténtica convicción democrática. Son propuestas que suenan bien ante la opinión pública, generan percepción positiva y permiten construir una narrativa de aparente legalidad, aunque en los hechos resulten difíciles de aplicar o profundamente discrecionales. Porque cuando las reglas dependen de quién gobierna, dejan de ser reglas y se convierten en instrumentos del poder.