
Qué noticia nos dejó Toño Ochoa en el desayuno del viernes con los medios de comunicación. Más allá de los anuncios y del recuento de obras, el alcalde dejó bastante claro, aunque sin decirlo expresamente, cuál parece ser su ruta política: no lo veremos en las boletas de 2027 buscando una diputación federal. Su proyecto, como lo ha dicho desde el principio, es de seis años al frente del Ayuntamiento y todo indica que pretende cumplirlo. La declaración no es menor, porque Toño Ochoa ha entendido que tres años pueden ser suficientes para administrar una ciudad, pero difícilmente para transformar su infraestructura. Por eso desde el inicio apostó por obras de mayor dimensión, pensando en un proyecto de seis años. El Hospital del Niño 460 es quizá el mejor ejemplo. En el desayuno reconoció la visión de Gonzalo Yáñez cuando creó este hospital hace 35 años, pero también entendió que la ciudad había cambiado y que se necesitaba una institución mucho más grande, con nuevas instalaciones, más médicos, servicios y especialidades. En otras administraciones incluso se llegó a pensar en cerrarlo; Toño decidió hacer exactamente lo contrario: fortalecerlo y construirle una nueva realidad.
Lo mismo ocurre con el Parque Lineal. Una obra de esa dimensión habría sido prácticamente imposible de concluir en un solo periodo de tres años. En seis, en cambio, puede entregarse prácticamente terminada. Pero para hacer obras de esta magnitud se necesitan recursos, y aquí aparece una de las decisiones menos populares de su administración: el incremento al predial. Durante décadas el impuesto prácticamente no se había actualizado, salvo por los ajustes inflacionarios. Políticamente era mucho más cómodo dejar las cosas como estaban, pero hacerlo habría significado mantener al municipio atrapado en una lógica donde buena parte de los recursos se destinan a nómina y operación, dejando poco margen para construir ciudad.
Toño decidió asumir ese costo político y los números muestran que no fue una decisión menor. José Ramón Enríquez realizó 491 millones de pesos en obra pública entre 2016 y 2019; Jorge Salum alcanzó 664 millones entre 2019 y 2022. Toño Ochoa, durante su primera temporada, de 2022 a 2025, llegó a mil 152 millones de pesos. Es decir, casi duplicó lo invertido por Salum y más que duplicó lo realizado por Enríquez. Y el dato más contundente está en su segundo periodo: en lo que él identifica como su cuarto año de gobierno, tan solo en 2026 lleva alrededor de mil 120 millones de pesos en obra, prácticamente la misma cantidad que acumuló durante sus primeros tres años y más de lo que invirtió cualquiera de sus dos antecesores durante sus respectivos trienios. Los números no sustituyen la evaluación ciudadana y una obra pública siempre debe medirse por su utilidad, calidad e impacto, pero sí dejan algo muy claro: Toño Ochoa decidió convertir una mayor capacidad recaudatoria en mayor inversión y asumió el costo político de hacerlo.
Y aquí es donde la lectura administrativa se convierte en lectura política. No parece lógico pensar que alguien que ha decidido construir un proyecto de seis años quiera abandonarlo a la mitad para buscar una diputación federal en 2027. Mucho menos cuando existe un antecedente muy cercano de que para llegar a la gubernatura no es indispensable pasar por el Congreso federal. Esteban Villegas fue alcalde, secretario y diputado local, construyó su carrera desde Durango y terminó convirtiéndose en gobernador. Fue, como suele decirse, profeta en su tierra. Toño Ochoa parece estar siguiendo una ruta similar: permanecer en Durango, terminar su proyecto municipal, consolidar resultados y llegar al 2028 con una trayectoria de seis años de gobierno.
La diferencia es que, a estas alturas, ya no parece necesario preguntar si quiere ser gobernador. La verdadera pregunta es qué tan fuerte llegará a la sucesión. Y hoy, en el bloque PRI PAN, Toño Ochoa es la carta más visible. La eventual alianza entre ambos partidos será determinante, pero Jorge Romero parece haber entendido que sin alianzas la competitividad electoral se reduce considerablemente. Si PRI y PAN vuelven a caminar juntos en 2028, Toño tendría prácticamente todo lo que necesita para encabezar ese proyecto: seis años al frente de la capital, una inversión en obra pública muy superior a la de sus antecesores y una plataforma política construida desde el territorio.
Por supuesto que si hoy se le pregunta directamente, Toño responderá que no está pensando en otros cargos, que no puede distraerse y que su responsabilidad está en gobernar Durango. Y políticamente tiene toda la razón. Un alcalde que públicamente estuviera haciendo campaña para la gubernatura mientras gobierna perdería más de lo que ganaría. Pero en política las aspiraciones no siempre se anuncian, se construyen. Y Toño Ochoa parece estar construyendo la suya con bastante claridad.
No estará en las boletas de 2027, pero eso no significa que esté fuera de la política electoral. Al contrario, todo indica que está pensando en algo mucho más grande: terminar sus seis años, entregar resultados y llegar a 2028 como el candidato más visible de una eventual alianza PRI PAN. El que respira, aspira. Y la aspiración de Toño Ochoa de ser gobernador de Durango no solamente me parece legítima. A estas alturas, me parece evidente.