El pasado lunes, autoridades de Estados Unidos informaron que Ismael “El Mayo” Zambada, histórico líder del Cártel de Sinaloa, se declaró culpable de los cargos que se le imputaban. Según su defensa, la decisión no obedece a una negociación de cooperación, sino a una estrategia cuidadosamente calculada: aceptar responsabilidad sin exponerse innecesariamente a la presión mediática y judicial.
Zambada enfrentaba 17 cargos relacionados con narcotráfico, lavado de dinero y uso de armas, acumulados durante más de cinco décadas de actividad. A cambio de su declaración, la Fiscalía decidió no solicitar la pena de muerte. Este movimiento evita un proceso mediático prolongado y un juicio de alto impacto como los de Joaquín “El Chapo” Guzmán o Genaro García Luna, donde los testimonios y la cobertura internacional se convirtieron en un escaparate de las entrañas del crimen organizado.
La narrativa sobre el caso ha estado dominada por medios y autoridades estadounidenses, pero el propio abogado de Zambada, Fernando Pérez, ha sido enfático:
“El señor no está cooperando. No va a cooperar para nada… No existe ningún acuerdo por el que esté colaborando con el Gobierno de los Estados Unidos ni con ningún otro gobierno. Únicamente quiso reconocer su responsabilidad”.
El mensaje es claro: “El Mayo” mantiene su reputación de operador discreto, alejado de reflectores, fiel a su estilo de bajo perfil. Desde sus inicios, Zambada ha mostrado un manejo quirúrgico del “timing político y social”, eligiendo siempre cuándo aparecer y cuándo replegarse, construyendo así un aura de poder invisible, pero constante.
Por su parte, la Corte Federal de Nueva York aseguró que el Cártel de Sinaloa ha sido “decapitado” y advirtió que cualquier intento de ocupar los espacios de poder vacantes será perseguido. Sin embargo, tales declaraciones resultan, en los hechos, meras advertencias retóricas: el crimen organizado funciona como una hidra, donde cada cabeza cortada es reemplazada por otra. El poder real lo determina la fuerza de las alianzas y el control territorial, no los discursos políticos.
Por ahora, “El Mayo” se mantiene fiel a sus convicciones: evitar la exposición pública, controlar la narrativa a través de la discreción y, una vez más, demostrar que su mayor arma no son los fusiles, sino la estrategia.
