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La prevención no debería caducar con la edad

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Perla Ibarra
DE TODO Y DE NADA
26/03/2026

En México, la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano se aplica de manera gratuita a niñas menores de 12 años como parte de una estrategia nacional de prevención.

La evidencia científica respalda que la vacuna es más eficaz antes del inicio de la vida sexual, sin embargo, esta realidad ha generado una pregunta incómoda: ¿Qué pasa con las mujeres adultas?

La vacuna no deja de servir después de los 20 o los 30 años, además, la ciencia es clara cuando dice que se puede aplicar incluso hasta los 45 años y logra reducir significativamente la posibilidad de desarrollar enfermedades relacionadas con el VPH, incluido el cáncer cervicouterino.

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Entonces, si funciona… ¿por qué acceder a ella depende prácticamente de tener dinero?
En hospitales privados, cada dosis ronda los 4,200 pesos y para mujeres mayores de 27 años se recomiendan tres dosis, lo que se traduce a más de 12 mil pesos en seis meses, una cifra que, para millones de mexicanas, equivale a un lujo inalcanzable.

Basta revisar las finanzas de cualquier hogar promedio para darte cuenta que el salario mínimo mensual apenas cubre lo esencial: alimentos, transporte, renta y servicios, sin contar gastos imprevistos; pensar en una vacuna preventiva queda al final de la lista y no porque no importe, sino porque no alcanza.

Y ahí está el verdadero problema y es que, en México, prevenir también se ha vuelto un privilegio.

Por eso resulta importante la propuesta de la diputada Daniela Soto para apoyar la vacunación en mujeres adultas, esto, no es un tema de partidos ni de discursos bonitos, es un tema de salud y de sentido común.

Muchas mujeres no fueron vacunadas de niñas porque ese programa aún no existía o porque no llegaba a todas las regiones; otras no lo hicieron por falta de información, o simplemente porque nunca pudieron pagarlo y no hablamos de descuido si no del contexto en que se encuentra cada mujer.

Además, hay una realidad que casi no se dice en voz alta, pero es que las mujeres suelen ponerse al final de sus propias prioridades, siempre dicen: primero los hijos, la casa, la comida, las deudas, su salud puede esperar… hasta que deja de poder hacerlo.

Facilitar el acceso a esta vacuna no solo prevendría enfermedades; también quitaría una preocupación enorme, porque enfermarse no solo duele físicamente si no que también desestabiliza familias enteras, economías completas y proyectos de vida.

La vacuna contra el VPH no es un capricho ni un gasto superfluo, es prevención, es tranquilidad y, en muchos casos, es la diferencia entre la vida y la enfermedad.

Negar o limitar su acceso por razones económicas equivale a aceptar que la protección contra el cáncer dependa del ingreso mensual.

Y no, no se trata de “revictimizar” a nadie, se trata de reconocer que la prevención debe ser para todas, no solo para quienes pueden pagarla.

Ojalá este tipo de iniciativas se apoyen sin cálculos políticos, porque cuando hablamos de cáncer prevenible, no debería importar quién lo propuso, sino cuántas vidas puede proteger.

Las mujeres adultas no necesitan lástima, necesitan oportunidades reales para cuidarse.

Porque llegar a tiempo a la prevención no debería depender del saldo en la cuenta.

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