
Hay algo profundamente roto en una sociedad, cuando comenzamos a medir la gravedad de un crimen dependiendo de quién lo comete y no de la vida que se perdió.
Hoy el debate público parece centrarse en si una mujer merece “perspectiva de género”, porque si un hombre hubiese cometido el mismo delito recibiria más odio social y más años en su sentencia; las leyes parece que se interpretan distinto según el sexo del acusado; pero, mientras todos discuten ideologías hay una realidad imposible de ignorar, un niño de tres años murió solo, encerrado en un vehículo bajo temperaturas mortales.
Vicente ya no está y eso debería ser lo único verdaderamente importante, porque detrás de cada cifra, de cada carpeta de investigación y de cada tendencia en redes sociales, existe una familia destruida, una ausencia permanente y una vida que jamás volverá.
La vida no puede valer distinto dependiendo de quién aprieta el gatillo, abandona, golpea o provoca la muerte.
En México hablamos constantemente de igualdad, pero la aplicación de la justicia parece caminar por otro camino, un hombre acusado de intento de homicidio puede enfrentar fuertes condenas y un repudio social inmediato, sin embargo cuando la responsable es una mujer, de inmediato aparecen argumentos para suavizar el hecho, por ejemplo el contexto emocional, agotamiento, presión social o perspectiva de género.
Y no, esto no significa justificar a hombres violentos ni minimizar delitos cometidos por ellos, quien le arrebata la vida a otro ser humano merece enfrentar la ley con toda su fuerza, pero la indignación también debe ser pareja.
Porque entonces surge una pregunta incómoda, ¿la justicia realmente es igual para todos?
El problema es que hemos llegado a un punto donde pareciera que cuestionar ciertos privilegios legales o sociales automáticamente convierte a alguien en enemigo de las mujeres y no se trata de eso.
Se trata de defender el valor de la vida, de entender que ningún niño merece morir abandonado, que ningún crimen debe minimizarse y que ninguna tragedia debe maquillarse dependiendo de quién aparece en la fotografía del acusado.
Lo ocurrido con Vicente no puede reducirse a un “descuido”, un descuido dura segundos, aquí pasaron horas, horas en las que un niño indefenso luchó por sobrevivir mientras el adulto que debió ser el responsable, cómodamente continúo con su rutina.
Y aunque duela decirlo, también hay que aceptar una realidad que muchas veces la sociedad se niega a reconocer que sí existen malas madres, así como existen malos padres, la maternidad no vuelve automáticamente intocable a una persona ante la crítica ni ante la ley.
Porque proteger a un hijo no es un discurso bonito para redes sociales, es una responsabilidad absoluta y cuando esa responsabilidad falla de manera irreversible, la justicia debe actuar sin favoritismos, sin ideologías y sin excepciones emocionales.
Hoy muchos hablan de perspectiva de género, pero tal vez lo que necesitamos es perspectiva humana, entender que la víctima no era un símbolo político, era un niño; un niño que sufrió, un niño que esperó, un niño que no pudo defenderse, un niño que tenía derecho a vivir.
La igualdad verdadera no consiste en proteger más a unos que a otros, consiste en que la ley pese igual para todos cuando una vida inocente ha sido arrebatada.
Porque la muerte de un ser humano jamás debería tener descuentos sociales, jurídicos o mediáticos dependiendo de quién la provocó.