
Tal y como lo comentamos en este espacio, los legisladores morenistas y sus aliados, aprobaron las reformas electorales que tienen que ver con las causales de nulidad de una elección, derivado de la intervención extranjera. Una propuesta hecha por Ricardo Monreal y avalada desde Palacio Nacional, donde, sin reglas claras, se establece que podría invalidarse un proceso electoral si existen elementos de intervención de otro gobierno, es decir, nadie de otro país podrá “asomar la cabeza” en las elecciones. Pero ocurrió algo que ya apuntábamos, y lo ratificó en comisiones la legisladora morenista y ex ministra de la Suprema Corte, Olga Sánchez Cordero, quien criticó la propuesta porque no quedaba claro cuál sería el criterio que se habría de seguir para determinar dónde sí habrá intervención “foránea” y dónde no, porque finalmente eso podría ser relativo, quizá desde una publicación en redes sociales hasta participación directa en una campaña podrían ser causales de nulidad, pero no quedó claro. Vamos, cuando Morena gane, no habrá intervencionismo y cuando pierdan sí, así de simple.
Ambigüedad.
El principal problema de esta reforma es precisamente la enorme discrecionalidad con la que podrá interpretarse; porque si algo ha demostrado el cuatroteísmo, es que las leyes se acomodan dependiendo de la conveniencia política del momento. ¿Qué será considerado una intromisión extranjera? ¿Una opinión emitida por un funcionario de Estados Unidos? ¿Un reportaje de un medio internacional? ¿Una publicación de un influencer? La “línea” quedó tan borrosa que prácticamente cualquier cosa podría convertirse en argumento para judicializar una elección incómoda. Y cuando las reglas no son claras, generalmente terminan siendo instrumentos de presión política, donde quien siempre ganará es el partido en el poder.
Contradicciones.
Lo irónico del tema es que Morena ha vivido durante años de narrativas internacionales que le han favorecido. Ahí están los constantes posicionamientos de organismos extranjeros sobre seguridad, derechos humanos o democracia que, cuando beneficiaban al movimiento, eran reproducidos hasta el cansancio. Incluso los propios gobiernos morenistas han recurrido a organismos multilaterales para justificar decisiones internas. Pero ahora que desde el extranjero llegan cuestionamientos incómodos sobre presuntos vínculos de personajes políticos con grupos delincuenciales, entonces sí resulta ofensivo que alguien opine o señale. La congruencia volvió a ser la gran ausente, porque recordemos cómo perfiles morenistas o hasta funcionarios del Gobierno Federal, se involucran de lleno en campañas políticas de otros países, y ahí sí está bien. Es hasta irónico.
Pretexto.
Muchos ven en esta reforma un “candado” democrático; sin embargo, podría convertirse exactamente en lo contrario, un mecanismo para deslegitimar derrotas electorales. Porque si algo quedó claro en los últimos procesos locales y federales es que Morena difícilmente acepta perder sin buscar responsables externos. Si no es el árbitro electoral, es la oposición; si no son los empresarios, son los medios; y ahora, convenientemente, también podrían ser gobiernos extranjeros. Es decir, la “puerta” quedó abierta para construir narrativas victimistas que permitan sembrar dudas sobre resultados que no les favorezcan.
Conveniencia.
Al final, esta reforma parece más una “herramienta” política que una auténtica defensa de la soberanía nacional; porque si realmente existiera preocupación por blindar las elecciones, primero tendrían que aclarar con precisión qué constituye intervención extranjera y qué no; lo demás es puro discurso. Y ahí está justamente el riesgo, crear leyes ambiguas para aplicarlas a criterio del poder en turno. En pocas palabras, se consumó la falacia morenista; vender como protección democrática algo que, en el fondo, podría convertirse en un “arma” política para justificar derrotas y castigar adversarios, porque en la nueva lógica oficialista, la democracia solo sirve cuando les favorece el resultado.