
Hay países donde el periodismo se ejerce con una libreta en la mano. En México, demasiadas veces, se ejerce con una oración entre los labios.
Aquí, informar se ha convertido en una forma de resistencia. Cada reportero que pregunta, cada fotógrafa que documenta, cada cronista que reconstruye la verdad entre los escombros de la violencia, cada columnista, cada opinadora desafía una realidad que parece empeñada en castigar la curiosidad y premiar la obediencia. Porque en este país la verdad suele caminar descalza sobre un campo sembrado de amenazas.
Los datos son fríos, pero arden.
ARTICLE 19 documentó 451 agresiones contra periodistas y medios de comunicación durante 2025. Una cada 19 horas. Mientras alguien celebraba un cumpleaños, otro periodista recibía una llamada intimidatoria. Mientras una familia compartía la cena, una reportera era perseguida por investigar demasiado. Mientras el país seguía su rutina, la libertad de expresión iba dejando jirones de sí misma en oficinas ministeriales, calles oscuras y pantallas iluminadas por el odio anónimo.
Hubo 112 amenazas directas, 53 ataques físicos, una desaparición y siete periodistas asesinados. Siete vidas convertidas en titulares efímeros. Siete sillas vacías. Siete voces que ya no volverán a narrar el mundo ni a incomodar al poder.
Sin embargo, el dato más devastador no está en la sangre derramada, sino en la indiferencia institucional. Nueve de cada diez agresiones permanecen impunes. La justicia avanza con la lentitud de una procesión sin destino, mientras la impunidad corre ligera, como si conociera de memoria todos los atajos.
En los discursos oficiales, México presume la solidez de sus libertades. Los artículos 6° y 7° de la Constitución protegen el derecho a expresarse y a informar. Las palabras están ahí, impresas con tinta firme sobre el papel. Pero fuera de los textos constitucionales, la realidad escribe otra historia: una donde la ley promete refugio mientras el miedo aprende a habitar la cotidianidad.
Y no siempre es el crimen organizado quien apunta el dedo o aprieta el gatillo. ARTICLE 19 ha señalado como presuntos agresores a funcionarios públicos, corporaciones de seguridad y operadores digitales que convierten las redes sociales en plazas de linchamiento. El periodista mexicano no sólo enfrenta a quienes actúan desde la clandestinidad; muchas veces debe resistir frente a quienes juraron proteger los derechos que hoy vulneran.
El mapa del país también es un mapa de heridas.
La Ciudad de México registró 84 agresiones durante 2025. Puebla acumuló 39 casos marcados por la censura institucional y las presiones judiciales. Veracruz continúa siendo una geografía del duelo: al menos 31 periodistas han sido asesinados allí desde el año 2000. Guerrero, Guanajuato y Sonora recuerdan que cubrir seguridad, corrupción o crimen organizado es, en ocasiones, escribir con la sombra de la muerte recargada sobre el hombro.
México fue señalado por el Comité para la Protección de los Periodistas como el tercer país con más periodistas asesinados en el mundo durante 2025. Reporteros Sin Fronteras advierte que más de 150 periodistas han sido asesinados desde el inicio del siglo y al menos 28 permanecen desaparecidos. Son nombres suspendidos en la memoria nacional, como estrellas apagadas cuyo resplandor aún intenta atravesar la noche.
Y, sin embargo, seguimos pensando que este es un problema exclusivo del gremio periodístico.
No lo es.
Cada periodista silenciado es una pregunta que jamás se formuló. Una investigación que quedó inconclusa. Una trama de corrupción que permaneció oculta bajo el escritorio del funcionario de turno. Un abuso que no encontró testigos. Cuando callan a quien informa, también mutilan el derecho de una sociedad a comprenderse a sí misma.
Una democracia no muere únicamente bajo el estruendo de las armas. También puede extinguirse en voz baja, como una vela consumida por la falta de oxígeno. Muere cuando la autocensura sustituye al debate. Cuando el miedo ocupa la silla de la crítica. Cuando el ciudadano deja de exigir respuestas porque ha aprendido que ciertas preguntas resultan demasiado peligrosas.
Tal vez la tragedia más profunda sea la costumbre. Nos hemos habituado a contar periodistas asesinados con la misma resignación con la que se anuncian las lluvias del temporal. Hemos aprendido a indignarnos por unos días y luego continuar la marcha, como si el horror pudiera archivarse.
Pero no debería ser normal que un reportero avise a su familia dónde estará por si no regresa. No debería ser normal escribir una nota con el presentimiento del riesgo. No debería ser normal que la verdad necesite escoltas para abrirse paso.
Porque cuando una sociedad acepta el silencio como paisaje, termina olvidando el sonido de su propia libertad.
Y el día en que nadie se atreva a formular preguntas incómodas, cuando la verdad se convierta en un susurro clandestino y el miedo dicte la línea editorial de un país entero, descubriremos demasiado tarde que no sólo perdimos periodistas.
Perdimos la posibilidad de mirarnos de frente, de nombrar nuestras heridas y de imaginar un futuro distinto.
Entonces, la patria ya no será el territorio que habitamos, sino el silencio que aprendimos a obedecer.