
Hay historias que no deberían tener que contarse; historias que lastiman por la brutalidad de los hechos, por la indefensión de las víctimas y porque nos obligan a mirar de frente una realidad que incomoda, hay quienes son capaces de cruzar cualquier límite con tal de satisfacer sus propios intereses, incluso cuando eso significa poner en peligro la vida de un ser humano que apenas comienza a vivir.
Hace casi un año, Durango se estremeció con la sustracción de Judith Alejandra, una bebé de apenas 33 días de nacida, que fue arrebatada de su cuna en el Hospital Materno Infantil; no se trató de una confusión, de un descuido ni de una historia que pudiera explicarse con ligereza, sino de un hecho planeado, con información privilegiada, horarios identificados y una ruta de escape, todo para llevarse a una niña que no podía defenderse, pedir ayuda ni comprender lo que estaba sucediendo.
Hoy, con la sentencia contra Karla Daniela actora intelectual, la justicia llega a una etapa fundamental; llega después de una historia que jamás debió ocurrir, después de horas de angustia para una familia y de una búsqueda que mantuvo a una sociedad entera pendiente del destino de una bebé que terminó abandonada dentro de una bolsa, como si su vida pudiera tratarse con semejante desprecio.
Y es aquí donde debemos detenernos, porque una sentencia no debe ser solamente el cierre de un expediente o una noticia que mañana será desplazada por otra; debe representar la consecuencia de los actos, la respuesta del Estado frente a un delito y la confirmación de que la indefensión de una víctima no significa que su agresor pueda actuar con impunidad.
En mi columna anterior relacionadaccon este tema, escribí que no debíamos olvidar quién era la verdadera víctima de esta historia; hoy lo sostengo con más fuerza, porque entre los nombres, las diligencias, las pruebas y las resoluciones judiciales existe una niña que no eligió convertirse en protagonista de una pesadilla, una bebé a quien le arrancaron la seguridad de su entorno y que fue expuesta a condiciones que pusieron en riesgo su vida.
De acuerdo con los hechos acreditados en el caso, la sustracción no fue producto de una ocurrencia improvisada; hubo planeación, información sobre la niña, conocimiento de las rutinas hospitalarias y una estrategia para salir del lugar sin ser detectada.
La sentencia contra Karla Daniela nos obliga a recordar que detrás de este delito hubo decisiones conscientes, acciones ejecutadas y una niña cuya vulnerabilidad fue aprovechada.
Un caso como este no solamente exige consecuencias penales, también obliga a revisar los protocolos, los accesos, la supervisión del personal y las medidas de protección para impedir que esta historia se repita.
Porque castigar a quien comete un delito es indispensable, pero prevenir que vuelva a suceder también es una obligación, se tiene que aprender de los hechos, identificar las fallas y garantizar que ninguna otra familia tenga que vivir el terror de no saber dónde está su hija.
Y sí, la justicia llega; llega cuando las investigaciones permiten acreditar responsabilidades, cuando los tribunales resuelven conforme a las pruebas y cuando los delitos no quedan sepultados por el paso del tiempo. Llega para recordarnos que la vida de una niña no puede convertirse en moneda de cambio, en instrumento para satisfacer los deseos de una persona ni en un objeto del que alguien pueda apropiarse como si le perteneciera.
Hoy se reconoce que se ha llegado a una resolución judicial contra Karla Daniela, pero también estamos obligados a recordar que el centro de esta historia nunca debió ser la ambición de quienes participaron en el delito, sino la vida que pusieron en peligro.
Que la sentencia sea un mensaje claro, la infancia no se toca, una bebé no es una mercancía, la confianza de una familia no es un juego y la vulnerabilidad de una niña jamás debe convertirse en la oportunidad de nadie.
La justicia llega, sí; pero que no se nos olvide que quien tuvo que pagar el precio más injusto de esta historia fue la niña; Judith Alejandra merece crecer rodeada de amor, protección y seguridad.
Que este trago amargo, sea una advertencia y una exigencia de responsabilidad para todos y que esta dura historia no vuelva a suceder…