
La autopsia a los cadáveres del general Villa y quienes lo acompañaban en el vehículo Dodge Brothers modelo 1922 aquel fatídico viernes 20 de julio de 1923,se realizaron en el Hotel Hidalgo, por cierto, propiedad del nacido en San Juan del Río. El dictamen pericial estuvo lisito a las nueve de la noche. Fueron tres losmédicos que participaron y embalsamaron los cuerpos de Villa y su secretario Miguel Trillo. Ese mismo día, el rotulista hidalguense Alfonso Bravo Herrera, sacó unas mascarillas de yeso de los rostros de Villa y Trillo que fueron expuestas en las oficinas de la redacción del periódico local El Martillo y poco después enviadas a la capital de la República. Los cuerpos de Francisco Villa, su secretario Miguel Trillo, del chofer Rosalío Rosales y de los dos asistentes Daniel Tamayo y Claro Hurtado, fueron depositados en sus respectivos ataúdes en el Hotel Hidalgo, habiéndosele asignado a cada uno de ellos dos custodios, mientras que las tropas federales vigilaban la entrada del hotel, haciendo guardia en las puertas para evitar que la multitud de curiosos se acercara al edificio donde se había instalado la capilla ardiente. El notario Manuel Peña, representante de Villa en la ciudad de Parral, adquirió las cinco fosas de primera clase donde serían sepultados el caudillo y sus acompañantes en el panteón municipal de Parral. La agencia de inhumaciones de José Cárdenas Ponce se encargó de los arreglos funerarios. El ataúd del general costó 200 pesos. Las ceremonias religiosas se efectuaron en la parroquia de San José y las encabezó el presbítero Miguel Ramos. El duelo fue por presidido por el General Eugenio Martínez, jefe de las operaciones militares en Chihuahua y compadre del centauro y por su hermano Hipólito Villa o Arango que para el caso es lo mismo, también estuvo el coronel Félix C. Lara, jefe de la guarnición de la plaza, quienes escoltaron el féretro acompañados por un destacamento de soldados del primer batallón de línea al mando del mayor Benjamín Reyes, de una banda de música que tocó marchas fúnebres del Hotel Hidalgo al panteón y seguidos por casi un millar de amigos, simpatizantes, exsubordinados y curiosos, la mayoría habitantes de la hacienda de Canutillo, quienes arrojaron puñados de tierra sobre el féretro del exguerrillero, mientras que otros tantos depositaron algunos arreglos florales en la tumba abierta. El Profesor Jesús Coello Avendaño, director de la escuela “Felipe Ángeles” de Canutillo, pronunció unas palabras frente al féretro. Hipólito Arango, el hermano menor del general, pagó 65 pesos como derechos parroquiales por las honras fúnebres de su hermano y por el descanso del alma del Sr. Gral. Francisco Villa.Después de los honores de ordenanza del ejercito correspondientes al grado de divisionario, el cuerpo del caudillo fue trasladado en una carroza tirada por dos caballos negros propiedad del minero Pedro Alvarado, que fueron alquilados por la agencia funeraria y sepultado 15 minutos antes de las seis de la tarde en la fosa número 632 de la sección novena del cementerio. El costo total por los servicios funerarios fue de 1630 pesos con 35 centavos. La caja de Villa fue la más costosa, pues tuvo que hacerse a la medida, pues el general estaba muy gordo cuando lo asesinaron. Después de la muerte de Villa, el ejército no puso un pie en la hacienda de Canutillo, fue seis meses después, a principios de 1924 cuando perseguía al General Manuel Chao, quien procedente de Costa Rica se unió a un movimiento rebelde iniciado por Adolfo de la Huerta en contra del Presidente Álvaro Obregón. Chao que fue nombrado gobernador de Chihuahua por órdenes de Pancho Villa, se enfrentó al gobierno federal, fue derrotado y perseguido refugiándose en Canutillo. Huyó rumbo a Jimenez, fuel alcanzando, capturado, llevado a Jiménez, sometido a un juicio sumario y ejecutado sin mayor trámite, fue así que el ejército entró a Canutillo. A un siglo del asesinato de José Doroteo Arango Arambula, es oportuno y necesario hacer una reflexión en relación al caso desde una perspectiva histórica, sin apasionamientos y más allá de discursos políticos, festivales, cabalgatas y conmemoraciones, que si bien es cierto son acciones que contribuyen a mantener vigente al personaje, también es cierto que la evocación de una figura universal requiere ser explorada desde otros matices.