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LOS ACOMODATICIOS DE LA POLITICA Y DE LA VIDA (Primera parte)

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El acomodaticio es aquel que se adapta a cualquier circunstancia, aun en contra
de los principios morales que declara, con tal de sacar provecho y disfrutar de una
situación cómoda. Los acomodaticios saltan, brincan y bailotean tironeados como
títeres por las cuerdas invisibles de una ambición en subasta para el mejor postor.
Se tuercen y retuercen y gritan y llaman la atención y firman desplegados de apoyo o
de condena –según el caso— y desde los puestos logrados alzan la voz en espera
de la atención del poder máximo a quien halagan con proclamas de desesperante
insistencia. Son capaces de actuar en el sentido inverso de la alquimia medieval
cuyo fin era trocar en oro los metales pesados; ellos modifican todo en su entraña
misma, cambian virtud por pecado; valores por vicios, seriedad por hilarantes
muestras de humillante conducta. A base de corromperse, también corrompen el
entorno y las instituciones. Investidos de una dignidad aparente en medio de la plena
auto justificación total y por tanto imaginaria, se pasean por los salones de sus
propias traiciones como si el mundo no los mereciera. Caminan con los pies un
metro detrás de su inflamado pecho donde sueñan lucir las condecoraciones por los
servicios prestados a la patria. Los acomodaticios son danzarines autóctonos o de
reconocido linaje en rancias crónicas de sociales y acreditadas columnas
políticas. Acostumbrados a bailar al son que se les toque, cambian de traje, de
siglas, de ideales con increíble frialdad y oportunismo. Transformistas
permanentes, dotados de asombrosa agilidad, causan admiración por los
intrépidos saltos a que se atreven para pasar vertiginosamente de un partido a
otro. Mimos naturales, tienen por tótem al camaleón.  En la mañana son tricolores,
en la tarde blanquiazules y, en la noche amarillentos o morenos. Los
acomodaticios se diluyen, se pierden en la oscuridad. Los acomodaticios saben
esperar pues jamás se comprometen.  Ellos están bien con Dios, pero por si
acaso, le rinden culto al diablo. Artífices del aplauso, de la lisonja, de la artificial
sonrisa, pululan con las orejas paradas, en restaurantes, cafés, peluquerías,
bares, sindicatos, supermercados y cualquier otro centro de reunión en el que sus
sensibles antenas les indiquen la orientación segura a sus insatisfechas
ambiciones. Los acomodaticios sueñan, anhelan y velan.  Poseedores de la hábil
cualidad de aprovechar el tiempo, son los oportunos en ocupar las primeras filas
en cualquier espectáculo donde su presencia sirva de escaparate o de anuncio de
servidumbre o lealtad. A ellos lo mismo se les encuentra en la sala de espera de
las terminales aéreas, que en las antesalas de funcionarios públicos de alta o
menor jerarquía.  Lo mismo es un mitin de apoyo que en las honras fúnebres de
algún político o pariente próximo o lejano de precandidatos en turno. Zalameros
incorregibles, hacen notar su presencia bailando al ritmo cilindrero de verbenas
populares.  Carentes de dignidad son indiferentes al rechazo.  Para ellos el fin
justifica los medios.  Lo saben, lo han experimentado, pero no importa, pues creen
que algún día llegarán. Los acomodaticios son aves rapaces con elegantes ínfulas
de pavo real.  Creadores de plataformas políticas ficticias, de confederaciones
inexistentes, de agrupaciones fantasmas, portan como carta credencial la abierta y
descarada aspiración a ocupar un escritorio o de pérdida la intendencia de algún
servicio público. Los acomodaticios son plantas parásitas que sin abono alguno se
reproducen en épocas preelectorales.  Su alimento es el cinismo, la falta de
escrúpulos y las insoslayables ganas de figurar en alguna nómina oficial. Se
avecina la temporada de chapulines donde los protagonistas serán los políticos
acomodaticios que, sin importar el partido al que pertenezcan, se moverán al ritmo
que les toque el mejor postor. Los acomodaticios ahí están, usted y yo y todos, los
conocemos.

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