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ADMISIÓN DE LA DERROTA

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El avance de la democracia exige no sólo la aplicación de la ley y el ajustarse a ella, sino un comportamiento ético y de elevado valor cívico de parte de los contendientes. Lo que define a la democracia es la aceptabilidad de la derrota, esto porque aceptar la victoria es muy fácil. En un sistema democrático o antidemocrático todo mundo está dispuesto a aceptar la victoria, en cambio esto no sucede con la derrota. La aceptabilidad o aceptación de la derrota surge desde el momento que diversas fuerzas políticas y sus candidatos se comprometen a competir no para ganar, sino para tener una razonable igualdad de oportunidad de ganar o de perder. Se comprometen tanto a ganar como aceptar que pierden. La democracia tiene un elemento de incertidumbre muy fuerte, y esa incertidumbre tiene que ser compensada con un compromiso cívico de las opciones o participantes en una contienda electoral de aceptar las reglas del juego y, por lo tanto, aceptar la posibilidad de la derrota, lo que al final de cuentas debería de terminar con la incertidumbre, pues ya los ciudadanos se encargaran con su voto de decidir quién ganó y quien perdió. Muchas veces los partidos o los candidatos les piden a los ciudadanos que voten con inteligencia, que razonen su voto, es el caso de la coalición Fuerza y Corazón por México, cuyos líderes, el pillo de Alito Moreno, el sinvergüenza e inepto de Marko Cortez que vende notarias y el pusilánime y cero a la izquierda de Zambrano, jamás entendieron que el voto no es solo razón, es también identidad histórica, el voto es sentimiento, si fuera solo razón no votaría nadie. Pongamos el ejemplo de que hay tres candidatos diciendo y ofreciendo exactamente lo mismo, uno de ellos es creíble y los otros dos no lo son. Las razones son las mismas, pero la credibilidad es distinta, por lo tanto, no es la razón lo que hace la diferencia. Fueron muchísimos más lo que creyeron en la doctora Claudia Sheinbaum que en la candidata Xóchitl Gálvez que tenía muy poco que ofrecer. Si al día siguiente de la jornada y los resultados preliminares o incluso el mismo día el político que perdió o que no supo ganar, porque no supo o tuvo la capacidad de mostrar su oferta como una oferta o propuesta relevante mejor que la que ganó, y aparece en los medios declarando que hubo fraude y no puede aceptar la derrota, quien diga eso sin razón, es decir, habiendo perdido por sus propios méritos y no porque la faltaran condiciones para ganar, se descalificara definitivamente como líder político o como responsable político. Los que quitan legitimidad al sistema suelen pagarlo muy caro con respecto al apoyo cívico o ciudadano y este es un camino sin retorno. Que las fuerzas políticas no tengan la capacidad democrática de aceptar la derrota es lamentable y esto no implica que no se ejerciten sus derechos a través de los medios de impugnación, pero que estos derechos no se conviertan en mecanismos para deslegitimar gobiernos refrendados por el voto de la ciudadanía. Es una irresponsabilidad que las dirigencias del PAN y del PRI (el PRD ya no existe) encabezadas por la señora Gálvez Ruiz, cuestionen la validez de los resultados y alienten la narrativa de un mega fraude en las pasadas elecciones, únicamente para ofrecer falsas esperanzas de que el resultado se puede revertir. Es una ofensa y una majadería decirles a los ciudadanos que todos sus votos se deben a que son ignorantes o que los compraron. El éxito también es aceptar la derrota, de manera que como ciudadano me permito aconsejarle a Xóchitl Gálvez si es que de verás es tan chingona, que admita su derrota y acepte que la gelatina no cuajó.

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