
Durante décadas, el futbol en México funcionó como un ritual colectivo capaz de suspender, aunque fuera momentáneamente, las preocupaciones cotidianas. La llamada “fiebre del mundial” movilizaba emociones nacionales, conversaciones públicas y una intensa apropiación simbólica de la identidad mexicana. Sin embargo, rumbo a la Copa Mundial de 2026, que incluso tendrá partidos en México, el entusiasmo parece más fragmentado y menos eufórico que en otros ciclos mundialistas. No se trata de una pérdida absoluta del interés por el futbol, sino de un desplazamiento emocional: millones de personas viven hoy bajo una presión económica, social y de seguridad que dificulta entregarse plenamente a la celebración deportiva.
La inseguridad y la expansión del crimen organizado han transformado profundamente la vida cotidiana del país. En muchas regiones, las noticias sobre desapariciones, asesinatos, extorsiones o enfrentamientos armados ocupan más espacio emocional que cualquier expectativa futbolística. La violencia dejó de ser una problemática distante para convertirse en una experiencia cercana, constante y normalizada. Frente a ello, el espectáculo deportivo pierde capacidad de evasión. La ciudadanía ya no vive únicamente con la ilusión del próximo partido, sino con la incertidumbre del trayecto diario, la precariedad laboral y el miedo que atraviesa comunidades enteras. El futbol sigue siendo importante, pero dejó de ser suficiente para distraer a una sociedad agotada.
A esto se suma el deterioro de sectores fundamentales como salud y educación. Las carencias hospitalarias, la falta de medicamentos y las largas esperas para recibir atención médica han generado una percepción creciente de abandono institucional. Paralelamente, las huelgas y protestas magisteriales exhiben un sistema educativo marcado por rezagos estructurales, bajos salarios y disputas políticas permanentes. En ese contexto, resulta difícil que el discurso oficial alrededor del Mundial —centrado en turismo, derrama económica y orgullo nacional— conecte emocionalmente con una población que enfrenta servicios públicos debilitados. Para amplios sectores sociales, la prioridad ya no es la fiesta global del futbol, sino resolver problemas básicos vinculados con supervivencia, estabilidad y derechos sociales.
La disminución de la “fiebre mundialista” también revela una transformación cultural: la sociedad mexicana parece menos dispuesta a entregarse por completo a narrativas de entusiasmo colectivo mientras persisten crisis profundas sin resolver. El Mundial de 2026 probablemente llenará estadios, generará tendencias en redes sociales y atraerá inversiones, pero difícilmente provocará aquella sensación de unidad nacional que caracterizó otras épocas. Hoy, el ánimo social está condicionado por la violencia, el desgaste institucional y una creciente desconfianza hacia la capacidad del Estado para garantizar bienestar. El futbol continúa siendo una pasión nacional, pero ya no logra ocultar las fracturas de un país que enfrenta problemas mucho más urgentes que un marcador en la cancha.
Columna: Viento Favorable
Autora: Mtra. Jacquelinne Varona
X: @JackyVarona