
En menos de 48 horas, la Fiscalía General del Estado de Durango ejecutó órdenes de aprehensión contra dos notarios públicos: Joaquín “N”, de la ciudad de Durango, y Juan Antonio “N”, en Gómez Palacio. Los casos son distintos, las investigaciones siguen su curso y corresponderá exclusivamente a los tribunales determinar responsabilidades. La presunción de inocencia debe prevalecer en todo momento. Sin embargo, más allá del desenlace judicial, ambos expedientes han provocado una profunda inquietud pública porque involucran a una de las figuras sobre las que descansa la certeza jurídica de la sociedad: el notario público.
De acuerdo con la información oficial difundida por la Fiscalía Estatal, Joaquín “N” es investigado por presuntas irregularidades relacionadas con la compraventa de un inmueble, en una operación donde habrían existido inconsistencias sobre la propiedad del bien, la representación legal utilizada para concretar la transacción y la existencia de gravámenes que no fueron informados a los compradores. La investigación derivó también en la detención de otras personas presuntamente vinculadas con los hechos.
Por su parte, Juan Antonio “N” enfrenta una investigación relacionada con la presunta cancelación irregular de un gravamen hipotecario mediante documentación que, según las autoridades, podría haber sido apócrifa. La carpeta de investigación señala además posibles irregularidades en la acreditación de identidades y en la formalización de actos jurídicos que hoy se encuentran bajo escrutinio ministerial y judicial.
Ambos casos comparten un elemento común: la afectación potencial a la confianza pública. La función notarial no es una actividad cualquiera. Los notarios son depositarios de la fe pública del Estado; es decir, la sociedad confía en que los actos y documentos que autorizan cuentan con la legalidad y certeza necesarias para proteger el patrimonio, los derechos y la seguridad jurídica de las personas.
Por ello, cuando un notario es investigado por presuntas conductas irregulares, el impacto trasciende al individuo. La sospecha alcanza a la institución misma. Miles de ciudadanos que han escriturado una vivienda, constituido una empresa, otorgado un poder o realizado cualquier trámite ante una notaría inevitablemente comienzan a preguntarse si los controles existentes son suficientes para garantizar la autenticidad de los actos jurídicos.
El daño más grave no siempre se mide en expedientes o en montos económicos. También se manifiesta en la erosión de la confianza. Y recuperar la confianza pública suele ser mucho más difícil que perderla. Una sociedad que duda de sus instituciones jurídicas es una sociedad más vulnerable a la incertidumbre, al conflicto y a la desconfianza.
Por estas reflexiones, el reto para el gremio notarial duranguense va más allá de esperar las resoluciones judiciales. Este momento exige transparencia, revisión de procedimientos y un compromiso claro con la rendición de cuentas. La inmensa mayoría de los notarios ejerce su labor con profesionalismo y apego a la ley, pero cuando surgen casos de alto impacto mediático, el silencio institucional puede interpretarse en ocasiones indiferencia.
La sociedad de Durango necesita que la verdad jurídica que prevalezca, cualquiera que ésta sea. Si las acusaciones resultan fundadas, deberá aplicarse la ley con todo rigor. Si no lo son, corresponderá restituir plenamente el honor y los derechos de quienes hoy enfrentan un proceso. Pero mientras la justicia resuelve, una lección ya resulta evidente: la fe pública es uno de los activos más valiosos de cualquier Estado, y cuando ésta se pone en duda, toda la sociedad resiente sus consecuencias canalizándola en incertidumbre.