
A casi 10 meses de la sustracción de una bebé del Hospital Materno Infantil, este miércoles se celebró una nueva audiencia para Karla Daniela “N” y Anabel “N”; hasta el momento en que escribo estas líneas se desconoce qué ocurrió en dicha audiencia, pero hay algo que sí parece evidente: en medio de todo este proceso, pareciera que la sociedad está más preocupada por las presuntas responsables que por la verdadera víctima.
Y que no se nos olvide: la víctima es la bebé.
Judith Alejandra tenía apenas 33 días de nacida cuando fue sustraída del Hospital Materno Infantil; se encontraba internada en el área de neonatos porque había nacido a los ocho meses, era una recién nacida que necesitaba cuidados médicos, medicamentos y, sobre todo, la protección de quienes debían garantizar su bienestar.
Era el 23 de octubre de 2025, cerca de la media tarde, cuando una mujer ingresó al área con información previa sobre cómo llegar hasta donde se encontraba la pequeña y se la llevó; a Judith Alejandra le cortaron el cabello y, durante las horas que estuvo lejos del hospital, dejó de recibir los medicamentos que necesitaba.
Fueron aproximadamente 24 horas, veinticuatro
horas en las que una bebé de apenas 33 días de nacida estuvo lejos de sus padres, de su atención médica y de las condiciones necesarias para su seguridad.
Veinticuatro horas que para quienes decidieron llevársela quizá sólo fueron parte de un plan, pero que para sus padres, sus abuelos, sus tíos y toda su familia representaron una angustia imposible de dimensionar; mientras la pequeña estaba lejos, cada minuto debió sentirse eterno, cada llamada, cada búsqueda y cada posibilidad debieron estar acompañadas de la misma pregunta: ¿dónde está nuestra bebé y estará bien?
Judith Alejandra fue localizada el 24 de octubre en un fraccionamiento del municipio de Durango; estaba abandonada en un parque, dentro de una bolsa del supermercado, como si fuera un objeto, como si no fuera una bebé, como si no pudiera pasarle nada. Pero podía pasarle todo: pudo haber llegado otra persona, pudo haber sido atacada por un animal o pudo haber ocurrido cualquier otra situación que pusiera en riesgo su vida; la seguridad de una bebé indefensa quedó expuesta por la decisión de quienes, por sus propios intereses, olvidaron algo tan básico como que estaban tratando con la vida de un ser humano.
A alguien se le hizo fácil proporcionar información sobre una bebé que ni siquiera era suya para que otra persona pudiera llevársela, como si Judith Alejandra fuera una moneda de cambio, como si importara menos porque apenas tenía 33 días de vida, como si porque “está chiquita todavía” no pudiera sentir, sufrir o necesitar de sus padres. Pero los bebés también son víctimas, y Judith Alejandra lo fue.
Mientras ella estaba lejos de su hogar, sus padres vivieron una de las noches más terribles de sus vidas; sus abuelos, sus tíos y toda su familia terminaron involucrados en una situación que jamás imaginaron vivir, buscando, preguntando y esperando que alguien pudiera decirles dónde estaba su bebé. Y mientras ellos enfrentaban esa angustia, quienes presuntamente participaron en la sustracción parecían haber olvidado por completo el dolor que estaban provocando, la impotencia de una familia que no podía hacer otra cosa más que pedir que su hija estuviera bien.
Hoy hay dos personas detenidas y vinculadas a proceso por estos hechos; y sí, la justicia debe continuar, deben investigarse los hechos, deslindarse responsabilidades y, si se acredita la responsabilidad correspondiente, debe haber consecuencias. Pero no nos desviemos: el centro de esta historia no son las imputadas, el centro es Judith Alejandra.
Ella es la víctima; ella fue separada de sus padres cuando apenas tenía 33 días de nacida, ella dejó de recibir sus medicamentos, ella fue sacada de un hospital donde debía estar protegida y ella terminó abandonada dentro de una bolsa en un parque. Por eso merece justicia, merece crecer sabiendo que lo que le ocurrió no quedó impune, merece tener una infancia feliz, rodeada de su familia y sin que aquel día termine definiendo su vida.
Pero también merece que nosotros, como sociedad, no perdamos de vista lo verdaderamente importante; que las audiencias, las investigaciones y el proceso judicial no nos hagan perder el enfoque, que la indignación no se dirija únicamente hacia quienes presuntamente participaron y que la conversación tampoco se quede solamente en ellas.
Porque detrás de todo esto hay una pequeña niña que no pudo decidir nada, una bebé que no pudo defenderse, una bebé que solamente necesitaba estar cerca de sus padres.
Judith Alejandra merece justicia. Sus padres merecen justicia. Y nosotros, como sociedad, tenemos la responsabilidad de no olvidar quién es la víctima.
Porque en esta historia, por encima de cualquier nombre, audiencia o proceso, hay una verdad que no podemos permitir que se pierda:
la víctima es Judith Alejandra.