
Durango tiene una enorme tradición artística, pero el verdadero reto no está solamente en conservarla: está en conseguir que llegue a las plazas, a las escuelas, a los barrios, a las familias y, sobre todo, a las nuevas generaciones.
Durante la conversación con Francisco Javier Pérez, director del Instituto de Cultura del Estado de Durango, hubo una frase que resume buena parte de lo que ocurre actualmente en la entidad: “la cultura está más viva que nunca en Durango”.
La afirmación puede discutirse, como todo en la vida pública, pero hay elementos que permiten entenderla. Porque hablar de cultura no significa hablar únicamente de pintura, música, teatro o museos. También significa hablar de las tradiciones que heredamos, de nuestra comida, de la manera en que celebramos, de las fiestas, de la música y de aquello que una comunidad reconoce como propio.
La cultura, en ese sentido, está mucho más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos.
El reto está en hacer que esa cultura llegue a más personas.
Y ahí aparece uno de los grandes desafíos actuales: lograr que las expresiones culturales encuentren espacio en una sociedad que vive a una velocidad distinta. Los jóvenes tienen hoy más herramientas para crear y comunicarse, pero también más distractores.
Las redes sociales permiten que un artista pueda mostrar su trabajo desde un teléfono y alcanzar prácticamente cualquier lugar del mundo. Pero también existe el riesgo de quedar atrapados en algoritmos que terminan mostrándonos solamente aquello que ya conocemos.
Por eso resulta importante que las instituciones culturales no se limiten a esperar que la gente llegue.
El ICED ha buscado ampliar ese camino.
Programas como Encaminarte, que registró más de 15 mil visitantes durante el primer semestre de 2026, acercan a niñas, niños y jóvenes a los museos desde la etapa escolar. Enamórate de Durango lleva música y danza tradicional a espacios públicos. Y el PACMIC representa otro paso relevante al contemplar apoyos para creadores de 24 municipios.
La cultura, entonces, deja de ser solamente un asunto de recintos y se convierte en territorio.
Pero hay un punto donde todo esto adquiere especial fuerza: el Festival Revueltas.
Porque el Revueltas no solamente se mide por quién sube al escenario.
También se mide por cuántas personas salen de su casa, cuántas familias se reúnen en una plaza, cuántos niños descubren un espectáculo, cuántos jóvenes encuentran una expresión artística con la que se identifican y cuántos creadores locales encuentran un espacio para mostrar lo que hacen.
El festival actual no tiene los presupuestos millonarios de algunas de sus etapas anteriores. Y el propio director lo reconoce.
En 2022, al asumir el cargo, recibió una encomienda complicada: organizar un Revueltas prácticamente sin presupuesto. La alternativa era cancelarlo o encontrar una manera de mantenerlo vivo.
Eligieron lo segundo.
Hoy, con alrededor de 7 millones de pesos de aportación estatal, 1.1 millones provenientes de la Federación y recursos generados por el propio Instituto, se busca construir una programación que no dependa exclusivamente de contratar a una gran estrella.
Esa decisión tiene una lectura cultural importante: un festival puede durar unas horas, pero una institución fortalecida puede producir cultura durante años.
Y ahí está buena parte de la apuesta.
Este año, el Revueltas arrancará el 10 de octubre con Kalimba en la Plaza de Armas. El día 12 llegará Nicho Hinojosa; el 15, Enjambre; y el 16 habrá una gran presentación de agrupaciones duranguenses en la Plaza IV Centenario.
El 17 será para Las Despechadas, con Denise de Kalafe, Rocío Banquells y otras voces femeninas.
Y el cierre, el domingo 18, tendrá una fuerte carga tradicional con la presencia de San Luis Potosí y su espectáculo de Xantolo, además del Revolcadero Monumental, con más de dos mil bailarines participando al mismo tiempo y la música de Los Montañeses del Álamo.
Ahí el festival deja de ser solamente espectáculo.
Se convierte en memoria.
También habrá teatro infantil los fines de semana, actividades familiares, libros, exposiciones, visitas guiadas y presentaciones de obras inéditas de los hermanos Revueltas, especialmente de Silvestre.
Y hay otro dato que vale la pena mirar: más del 90 por ciento de los boletos son gratuitos. Existe una zona preferente con costo para quienes desean asegurar un lugar, y esos ingresos ayudan a cubrir parte de la producción.
Al final, quizá esa sea la mejor manera de entender el Revueltas de hoy.
No es el mismo festival de hace una década. Tampoco pretende serlo.
Es un festival construido bajo otra realidad, pero que intenta conservar algo más importante: la posibilidad de que Durango se encuentre consigo mismo a través de la cultura.
Porque cuando una plaza se llena, cuando una abuela canta junto a su nieto, cuando dos mil bailarines recuperan una tradición o cuando un niño entra por primera vez a un museo, la cultura deja de ser un concepto.
Se vuelve experiencia.
Y quizá por eso tenga sentido aquella frase del director: la cultura está más viva que nunca en Durango.
El verdadero reto ahora es que esa vida cultural no se quede únicamente en los escenarios, sino que siga entrando a las casas, a las escuelas, a los barrios y a cada municipio.
Porque una cultura viva no solamente se contempla.
Se participa, se comparte y, sobre todo, se hereda.