
La falsa ilusión de la Selección Mexicana de Fútbol se reproduce cada cuatro años a través de un ciclo emocional que combina la pasión y el marketing, contrastando con resultados deportivos estructurales recurrentes. Este fenómeno transita desde el escepticismo inicial y las campañas comerciales hasta una esperanza renovada que finalmente choca con la realidad tras las fases decisivas del Mundial. Ya sabemos que nuca vamos a ganar el mundial de futbol, pero el aficionado, como cómplice de la mediocridad, se conforma con llegar al quinto partido, eso sí, se venden millones de camisas y el país se paraliza cada vez que la chafa selección juega un partido del mundial de futbol. Todavía se piensa, de manera ilusa, que México puede ser campeón del mundo. La premisa que sólo pertenece al mundo de los videojuegos goza de buena salud entre los protagonistas del futbol mexicano. En México prometer el cielo forma parte intrínseca de la fiebre por el Mundial. De repente, el nivel del futbol nacional puede equiparse al de las naciones más poderosas. ¿Por qué? No se sabe muy bien, pero los jugadores dicen que basta con creerlo, que visualizarlo es el primer paso hacia la gloria, misma que nunca va a llegar. Nos podemos engañar todo lo que queramos, pero las justificaciones son las de siempre “esta generación está muy completa”, “sí pueden pelearle al que sea”. La realidad es que no, la actual y la anterior y la de hace 15 años y la de hace 30 y 50 y todas, son generaciones iguales a las demás. Días antes del gran premio de México, el corredor de autos Sergio Pérez acudió a la glorieta de paseo de La Reforma, para antes de la gran competencia, rallar con su carro el pavimento haciendo” trompitos”. Ningún corredor de autos hace semejantes payasadas, pues son serios y responsables, pues el llamado “Checo”, si lo hizo, pues de esa manera justificó anticipadamente su nuevo y rotundo fracaso, pues poquito le faltó para quedar en último lugar, ya que ocupó la honrosa posición número diecisiete en la pasada carrera de fórmula uno celebrada en la ciudad de México. Obviamente, nunca es agradable perder, pero creo que el mexicano lo siente con mayor intensidad porque cree que está para más, cuando no hay un sólo argumento para pensar así. Ganar en la cancha ya no permite subir de categoría, para llegar al máximo circuito, el modelo actual prácticamente obliga a la compra de una franquicia. Comento lo anterior porque en Durango nos venden falsas ilusiones con el equipo de fútbol, pues por muy buena campaña que hagan los alacranes, no van a subir a primera división. De manera que justo seria decirles a los aficionados que llenan el estadio que el America y el Cruz Azul nunca van a venir a jugar al estadio Francisco Zarco, pues la plaza es de segunda, para segundones, entonces de que serviría ser campeón. Y ni modo, es lo que hay. Históricamente, el futbol mexicano ha vivido bajo la sombra de una expectativa no cumplida. Cada justa mundialista pasa lo mismo y así será por los siglos de los siglos, lo mismo sucederá con Sergio Pérez, que si fuera de otro nivel no se prestaría a las ridiculeces que hizo antes del gran premio de México. En el futbol, la ilusión se hace presente cada cuatro años y la tragedia y el fatalismo se unen a millones de soñadores que forman parte de una comedia que casi siempre contiene el mismo guion, o sea todo lo relacionado a chafa…verdad Checo.
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