
Ante las constantes amenazas de supuestos tiroteos en instituciones educativas en Durango, vale la pena hacer algunas reflexiones y entender, de inicio, que la era digital en la que nos encontramos genera actitudes tanto positivas como negativas en la sociedad, máxime en los adolescentes, que buscan, de una u otra forma, ser “populares” o influir en su entorno. El asunto es que es una responsabilidad compartida, tanto de las autoridades como de quienes somos padres de familia, porque quizá pocas veces nos damos el tiempo de analizar el comportamiento de nuestros hijos, el acceso que tienen a sus redes sociales y la interacción que realizan con amigos y conocidos; de ahí que estos supuestos actos generen pánico e incertidumbre en la comunidad estudiantil. Se trata de que desde el hogar también pongamos ese “granito” de arena que nos hace falta para que exista una convivencia en armonía.
Hijos.
Responsabilizar del todo a los menores sería tanto como ponernos una “venda” en los ojos, porque quizá solo están reaccionando a lo que han visto a lo largo de su corta vida en sus hogares, donde influyen un cúmulo importante de factores, como la violencia, adicciones, entre otros, y que al final de cuentas nuestros hijos siempre serán receptores de todo lo bueno y malo que vean. Evidentemente cada quien sabe cómo educar a sus hijos, pero cuando la falta de valores y responsabilidad termina perjudicando a terceros, esto se vuelve un problema del que todos somos parte; y si bien la “operación mochila” tiene que implementarse en todos los niveles educativos, es una realidad que el primer “filtro” está en cada familia, pues de nada sirve que esto se realice de manera parcial, es decir, que solo un pequeño grupo de padres de familia se aplique en estas revisiones, cuando la mayoría no lo está haciendo, así de simple.
Autoridad.
Las instituciones educativas y las autoridades no pueden ni deben permanecer ajenas a este fenómeno, porque al final son quienes tienen bajo su resguardo a miles de estudiantes durante buena parte del día. Sin embargo, pretender que todo recaiga en ellas sería tanto como evadir una corresponsabilidad evidente; sí, es necesario fortalecer protocolos, mejorar la comunicación con padres de familia y actuar con rapidez ante cualquier amenaza, pero también es cierto que muchas veces las acciones institucionales llegan tarde porque la raíz del problema ya está sembrada desde casa. La prevención no puede limitarse a reacciones ante crisis, debe ser una política permanente, preventiva, coordinada y, sobre todo, asumida por todos los actores involucrados.
Entorno.
No se puede ignorar que el entorno social también juega un papel determinante en la conducta de niñas, niños y adolescentes. La normalización de la violencia en contenidos digitales, videojuegos, redes sociales y hasta en la conversación cotidiana, termina generando una percepción distorsionada de la realidad, lo que antes parecía impensable, hoy se menciona incluso como “broma”, sin dimensionar el impacto que puede tener. Ese es uno de los grandes riesgos de la era digital, minimizar o normalizar la violencia; por ello, más allá de prohibir o limitar, se requiere acompañamiento, diálogo y una vigilancia activa que permita entender qué consumen nuestros hijos y cómo lo interpretan.
Prevención.
Al final, todo se reduce a la prevención, pero no entendida como un discurso repetido, sino como una práctica cotidiana. Hablar con los hijos, observar cambios de conducta, establecer límites claros y generar confianza, son acciones que parecen simples, pero que marcan una diferencia profunda, porque en muchos de los casos también entran en “juego” las emociones, y la prevención también implica asumir que nadie está exento y que cualquier familia puede enfrentar una situación de este tipo; por eso, más que buscar culpables cuando ocurre un incidente, lo verdaderamente importante es construir entornos seguros desde el hogar.