
La narrativa de la Cuarta Transformación se construyó durante años sobre la idea de que eran distintos, de que la honestidad era un principio y que, mientras se mantuviera la ideología y se hiciera lo correcto, no había nada de qué preocuparse. Apenas hace unos días, la presidenta Claudia Sheinbaum insistió en que su movimiento está tranquilo porque actúa con rectitud; sin embargo, la realidad parece ir por un “camino” distinto; pues ahora, un medio de comunicación de Estados Unidos asegura que los gobernadores morenistas Alfonso Durazo, de Sonora, y Américo Villarreal, de Tamaulipas, también forman parte de investigaciones abiertas por autoridades estadounidenses. Más allá de que las acusaciones deban probarse y de que todos tengan derecho a defenderse, el problema para Morena ya no es jurídico, sino político, porque cada nuevo nombre que aparece termina por debilitar ese discurso de “superioridad” moral que durante años les dio dividendos electorales.
La lista.
Primero fueron las versiones sobre Rubén Rocha Moya y otros funcionarios sinaloenses, después aparecieron señalamientos en contra de exresponsables de seguridad, ahora se agregan dos gobernadores en funciones pertenecientes al partido oficial. Lo verdaderamente preocupante es que ya no se trata de casos aislados, sino de una constante que comienza a formar una percepción pública cada vez más difícil de revertir. La defensa automática de Morena siempre consiste en descalificar las publicaciones, acusar “conspiraciones” o culpar a la ultraderecha estadounidense y mexicana; sin embargo, la repetición de nombres y de episodios termina provocando una pregunta inevitable: ¿de verdad todos son víctimas de una campaña o simplemente estamos frente a una realidad que durante años se quiso ocultar?
Discurso.
Durante años, Andrés Manuel López Obrador convirtió la frase de que eran diferentes en una especie de “dogma”. Morena construyó una narrativa basada en la honestidad, asegurando que los vicios del pasado pertenecían exclusivamente al PRI y al PAN, sin embargo, hoy la realidad parece demostrar que la corrupción, las complicidades y las posibles relaciones con grupos criminales no distinguen colores partidistas. La diferencia es que el oficialismo se presentó como un movimiento moralmente superior y, por ello, la exigencia social es mucho mayor. Lo paradójico es que mientras desde Palacio Nacional se insiste en transmitir tranquilidad, los acontecimientos parecen enviar el mensaje contrario; porque cuando las noticias negativas se acumulan y los señalamientos provienen del extranjero, la percepción de estabilidad comienza a desmoronarse.
Impacto.
Morena sigue siendo la principal fuerza política del país y conserva una enorme estructura electoral; eso es indiscutible; pero también es cierto que la acumulación de escándalos termina desgastando cualquier proyecto; quizá el impacto no se vea de inmediato, pero sí comienza a erosionar la credibilidad del movimiento. La oposición, que durante mucho tiempo parecía extraviada y sin rumbo, encuentra en estos episodios una oportunidad para cuestionar la narrativa oficial; además entre muchos simpatizantes morenistas empieza a surgir una sensación incómoda, la de comprobar que aquellos que prometieron limpiar la vida pública podrían estar reproduciendo las mismas prácticas que tanto criticaron.
Realidad.
Tal vez el mayor problema para Morena no sean las investigaciones ni los nombres que siguen apareciendo, sino la pérdida gradual de credibilidad, porque una cosa es enfrentar acusaciones y otra muy distinta es mantener la narrativa de que todo está perfectamente bien. La tranquilidad no se decreta desde Palacio Nacional ni se sostiene con discursos optimistas, se construye con resultados, transparencia y explicaciones convincentes. Cuando la lista de personajes cuestionados sigue creciendo, la serenidad deja de parecer una muestra de confianza y comienza a percibirse como negación.