
Cuando Evangelina Corona se levantó esa mañana, nunca pensó que su vida y la de sus compañeras cambiaría para siempre. Era un jueves, como cualquier otro, cuando Evangelina Corona se levantó, como cualquier otro día, muy temprano. Alistó a su hija y salió a dejarla a la escuela. De ahí, se encaminó a su trabajo, en la calle San Antonio Abad, en el centro de la capital, donde ejercía como costurera. Al llegar lo que vio le cambió la vida para siempre: frente a sus ojos, lo que ella conocía como un robusto edificio de once pisos, estaba convertido en una masa apocalíptica de escombros humeantes, en cuyas entrañas de hormigón y metal retorcido más de seiscientas de sus compañeras fueron literalmente aplastadas. Era el fatídico jueves 19 de septiembre de 1985. Ante la calamidad del terremoto, los mexicanos se unieron como nunca, sin embargo, Evangelina y sus compañeras sobrevivientes recibieron un golpe injusto que les generó una gran indignación: después de los dos tremendos sismos, las últimas en ser rescatadas por los servicios gubernamentales fueron las costureras. El mundo se enteró de las horrendas condiciones de trabajo de las costureras mexicanas. Pronto la situación de las costureras se tornó crítica: “cuarenta mil se quedaron sin empleo debido al sismo y en estado de indefensión, porque 50% de la producción se hacía en talleres clandestinos, 51% de las trabajadoras tenía sólo contratos semanales y apenas 18% era de planta”. Inmediatamente después de la tragedia, Evangelina sintió en su corazón que el pasó a seguir debía ser, en sus palabras, “no apachurrarse”, sino transformar el dolor en acción. Mujer de carácter férreo, con una increíble capacidad de convocatoria, pero sobre todo una sinceridad y sensibilidad humana, comenzó a animar y organizar a sus compañeras. Agrupadas, las obreras del vestido fundaron el Sindicato de Costureras 19 de septiembre. Como líder, Evangelina hizo cosas nunca vistas, desde prohibir a punta de palos que los dueños se llevaran la costosa maquinaria rescatada del terremoto, hasta pararse frente al entonces presidente Miguel de la Madrid, y lejos de intimidarse, decirle en su cara: “No, presidente, las cosas no son como usted las dice”. Durante aquella primera etapa el sindicato tenía ocho mil agremiadas provenientes de cuarenta fábricas. La rebeldía que mostró desde niña la ayudó a adquirir seguridad; logró mantenerse como secretaria general durante tres periodos consecutivos en este primer sindicato nacional de mujeres formado no sólo en México sino en América Latina; ganó una diputación federal por el Partido de la Revolución Democrática (prd) en la LV Legislatura del Congreso de la Unión de 1991 a 1994. Evangelina nació en 1938 en el pueblo de San Antonio Cuaxomulco, Tlaxcala (no lejos de Apizaco), mientras que Dulce María Silva vino al mundo en la población de Huamantla. El entonces gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle la acusó injustamente de haberse quedado con un terreno de 6,000 metros cuadrados, y por ello estuvo en la cárcel varios meses. Al igual que Evangelina, Dulce María Silva transformó loas ataques en su contra en acción y no se apachurró, pues era más que evidente que la falsa acusación tenía un trasfondo político. Como diputada federal, del 2021 al 2024 en la LXV Legislatura, Dulce María Silva hizo escuchar su voz, que era y sigue siendo un referente de trabajo, tan es así que por mucho, durante meses encabezó las preferencias y simpatías para ser postulada como candidata a gobernadora de su estado natal . A la fecha es recordada gratamente por haber impulsado la iniciativa para visibilizar y sancionar la “violencia vicaria” contra las mujeres, misma que consiste en dañar a la mujer a través de sus seres queridos, especialmente de sus hijas e hijos. A fuerza de lucha y de un carácter indomable, mediante la perseverancia y el empeño de quien afronta la vida siempre con un espíritu positivo, Evangelina y Dulce no se apachurraron y se sobrepusieron a los peores augurios. Tlaxcala merece y requiere más mujeres como ellas.
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