
Para que la educación rinda frutos de deben tomar decisiones y evaluarlas . Se cuando se atreven a ver de frente los problemas, medirlos, discutirlos y, sobre todo, tomar decisiones.
Esa es quizá la principal conclusión que deja la conversación con el doctor Justo Martínez, director de Educación Básica A de la Secretaría de Educación del Estado de Durango.
Se generado un debate nacional, en qué llegó hasta la mañanera, pero Durango estuvo en la vanhuardia: el celular en las aulas.
Hace dos años, Durango decidió adelantarse a un debate que hoy ya alcanzó dimensión nacional: regular el uso de dispositivos móviles en las escuelas.
La decisión no surgió, según explica Martínez, de una ocurrencia administrativa, sino de una hipótesis que comenzó a investigarse: el uso excesivo del celular estaba teniendo efectos sobre los aprendizajes, la convivencia y la capacidad de concentración de los estudiantes.
El dato resulta incómodo, pero necesario: niños y adolescentes pueden pasar varias horas al día frente a una pantalla, consumiendo contenidos que no necesariamente tienen una finalidad educativa.
Y aquí aparece una pregunta que va mucho más allá de la escuela:
¿Estamos educando niños para utilizar la tecnología o estamos permitiendo que la tecnología eduque a nuestros niños?
La diferencia es enorme.
Durango optó por regular. Preescolar, primaria y secundaria tienen criterios distintos, buscando que el dispositivo deje de ser un distractor permanente y se convierta, cuando sea necesario, en una herramienta pedagógica.
Hoy, mientras a nivel nacional se discute una regulación similar, Durango puede presumir algo importante: ya recorrió parte del camino.
Pero el celular es solamente una pieza de un rompecabezas mucho más grande.
El verdadero desafío: recuperar los aprendizajes
Uno de los datos más relevantes de la conversación tiene que ver con el punto de partida.
En 2022, Durango se encontraba en una posición poco favorable en los indicadores disponibles de aprendizaje. La respuesta de la Secretaría de Educación fue construir un proyecto educativo estatal con objetivos, líneas temáticas y estrategias concretas.
Eso representa un cambio importante de lógica.
La pregunta dejó de ser únicamente “¿qué dice la política educativa nacional?” para comenzar a plantearse también:
¿Qué necesita específicamente Durango?
Porque no es lo mismo educar en la capital del estado que hacerlo en una comunidad rural de difícil acceso. No es lo mismo una escuela urbana con seis docentes que una escuela multigrado donde un maestro atiende simultáneamente a estudiantes de diferentes grados.
Y Durango tiene una particularidad que no puede ignorarse: una parte considerable de sus escuelas son multigrado.
Paradójicamente, lo que durante años fue visto como una dificultad puede convertirse en una fortaleza frente al nuevo modelo educativo.
Los docentes multigrado llevan años trabajando con proyectos, contextualizando contenidos y resolviendo problemas reales de aprendizaje. Es decir, muchas de las prácticas que hoy plantea la Nueva Escuela Mexicana no les resultan nuevas.
La Nueva Escuela Mexicana: una buena idea con una transición complicada
Aquí está uno de los puntos más interesantes de la entrevista.
Martínez no descalifica la Nueva Escuela Mexicana. Por el contrario, reconoce en ella elementos pedagógicos valiosos: inclusión, pensamiento integral, contextualización, proyectos y una visión menos fragmentada del conocimiento.
El problema está en la transición.
Durante años, los docentes fueron formados para trabajar con asignaturas, contenidos y estructuras relativamente delimitadas. De pronto, el sistema les pidió contextualizar, construir programas analíticos, trabajar por proyectos, incorporar ejes articuladores y avanzar hacia una evaluación formativa.
La filosofía puede ser atractiva.
La implementación es el verdadero reto.
Y ahí la capacitación docente deja de ser un complemento para convertirse en una condición indispensable.
No basta con cambiar los libros de texto. No basta con modificar los formatos. No basta con pedirle al maestro que trabaje por proyectos.
Hay que darle herramientas para hacerlo bien.
Especialmente en matemáticas.
Resulta revelador que desde Durango se estén buscando estrategias específicas para fortalecer el pensamiento matemático. Porque si algo ha demostrado la experiencia educativa internacional es que las matemáticas no se aprenden únicamente repitiendo procedimientos, pero tampoco se dominan sin práctica, razonamiento y consolidación.
El reto está en encontrar el equilibrio.
Los libros multigrado: una deuda histórica
Hay otro anuncio que merece atención.
La posibilidad de contar próximamente con libros de texto específicamente diseñados para escuelas multigrado podría representar un avance significativo para Durango y para muchas entidades del país.
Porque pedirle a un maestro que atienda simultáneamente primero, segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto grado utilizando materiales diseñados para grupos independientes es, por decir lo menos, una exigencia enorme.
El maestro multigrado no necesita que le expliquen que la educación debe contextualizarse.
Lo vive todos los días.
¿Y qué sigue?
Quizá la propuesta más interesante de la entrevista todavía no está implementada.
La Secretaría de Educación en Durango analiza la posibilidad de impulsar escuelas de jornada ampliada, particularmente en cabeceras municipales, aprovechando maestros que actualmente tienen horas disponibles y buscando ofrecer a los estudiantes actividades académicas, deportivas, culturales, de inglés, ajedrez, oratoria o atención al rezago.
La idea merece ser discutida seriamente.
No necesariamente se trata de regresar al pasado exactamente como era, sino de preguntarnos:
¿Podemos diseñar una jornada ampliada adaptada a la realidad económica y social de cada comunidad?
Si un modelo puede aprovechar infraestructura existente, docentes disponibles y necesidades específicas de los alumnos, vale la pena pilotearlo, medirlo y corregirlo.
Porque esa debería ser la regla de cualquier política educativa:
probar, evaluar, mejorar y volver a probar.
El mensaje de fondo
Después de escuchar al director de Educación Básica A, queda una conclusión.
El debate educativo en Durango ya no puede reducirse a quién tiene la culpa de los malos resultados.
La discusión debe ser mucho más seria:
¿Cómo recuperamos aprendizajes?
¿Cómo mejoramos matemáticas y lectura?
¿Cómo formamos mejor a nuestros maestros?
¿Cómo aprovechamos la tecnología sin permitir que nos domine?
¿Cómo hacemos que la Nueva Escuela Mexicana funcione realmente en las aulas?
¿Cómo atendemos de manera diferenciada a las escuelas rurales y multigrado?
Y, sobre todo, ¿cómo logramos que cada decisión tenga como punto de partida al estudiante?
Porque al final, detrás de cada indicador hay un niño.
Detrás de cada resultado hay un maestro.
Y detrás de cada política educativa hay una responsabilidad enorme con el futuro.
Durango parece haber entendido algo fundamental: la educación no puede esperar a que los problemas se vuelvan crisis para comenzar a actuar.
Ahora viene la parte más difícil:
demostrar, con resultados medibles y sostenidos, que las decisiones tomadas están funcionando.
Ahí estará la verdadera evaluación.
No en el discurso,No en la fotografía, si no en la vida cotidiana de cada alumno y su desarrollo integral