
Seguramente muchos conocen el cuento de Pinocho, aquel muñeco de madera, fabricado por un carpintero de avanzada edad, Gepeto, cuya característica especial era que cada vez que mentía, le crecía la nariz. Pinocho es un personaje sacado de un cuento infantil, escrito por el italiano Carlo Collodi en 1826. Trata de un carpintero que labraba figuras de madera, con formas, tamaños y colores únicos. En el cuento Pinocho es su más grande obra, y es tan querido que el fabricante de juguetes lo adora y adopta como su hijo. El cuento sigue y el consejero de Pinocho es un tal Pepe Grillo y su defensora es un Hada… ¿Cuál es tema de este cuento? enseñar a los niños que si mienten al igual que Pinocho les va a crecer la nariz. Inclusive Pinocho viaja – así lo narra Collodi – a una isla donde no sólo le crece la nariz, sino también las orejas y una cola de burro. ¿Se imaginan si eso mismo les pasara a los políticos? La mayoría de ellos miente, por naturaleza propia. Por la enorme nariz, sería fácil identificarlos. Y aunque a los políticos no les crece la nariz cada vez que mienten, para quienes les conocen, al menos imaginariamente, sí les pasa eso. Incluso, podría decirse que Pinocho y político, son sinónimos. El deporte preferido de la inmensa mayoría de los políticos mexicanos es jugar a Pinocho. En este peculiar deporte si podríamos ser campeones del mundo, y mientras tanto el pueblo ciego, mudo, cojo, manco, sordo, sumido en sus quehaceres, ni siquiera tiene tiempo para ocuparse de su hogar, menos sentir que la letanía esa de “que, si no lo hiciere la sociedad, el pueblo y la patria me lo demande, etc.”, lo cierto es que esa falsa promesa nadie la cumple, pues ante quién lo van a demandar. Ante hechos recientes, estamos mirando que, en elevados, medios y bajos niveles jerárquicos de la política mexicana hay ciudadanos que como en la historia italiana mencionada, su nariz les ha crecido de manera ostensible. ¿Y el INE? Bien, curado en salud y rebozando en dinero e inmersos en la simulación de una democracia con esclerosis terminal, en donde la falacia de la mayoría de nuestros políticos, al igual que Pinocho, son mentirosos a más no poder y son solapados por los «Pepes Grillos» bufones y jilgueros que les rodean, haciendo todo un culto de la admiración a la personalidad del ambicioso político; una expectativa a la estupidez colectiva de quien los siguen. Y Pinocho no fue un ladrón, sólo fue un mentiroso. Nuestra clase política en todo el territorio nacional con algunas honrosas y contadas excepciones, son además de mentirosos rateros, sinvergüenzas y hacen de sus administraciones empresas del despojo e imperios de fortunas. Quizá, con el cuento Pinocho, se pretendió educar a los niños a no mentir. La realidad muestra que ese objetivo falló. El género humano busca su conveniencia y la mentira es su gran aliado. Al muñeco de madera de nombre Pinocho le crecía la nariz cuando mentía. ¿Se imagina, amable lector, cuántos kilómetros de nariz tendrían muchos políticos? Sería excelente que aquellos que gobiernan o aspiran a gobernar fueran como Pinocho; que ese recordado y simpático muñeco de madera, que aún vive dentro de nuestra infantil memoria, fuera el responsable de proponer planes de gobierno del país, de los estados y de los municipios, porque así sabríamos que lo que dice no es verdad, porque le crecería la nariz con cada mentira. Las mentiras en política son tan viejas como la misma política. Hay discursos políticos que se basan casi totalmente en mentiras, medias verdades y exageraciones para denigrar al adversario político. Parece ser que, en nuestro país, a la gran mayoría de los políticos Pinocho les quedó corto y en el menester de mentir, muchos dejan muy atrás al narizón del cuento de Carlo Collodi, lo que pasa es que algunos son pinochos profesionales, por mucho que embauquen, mientan o falseen, no les crecerá nunca la nariz. Desenmascarar las mentiras de los políticos Pinocho es una urgencia democrática.
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