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La mascota de la UJED: memoria, identidad y porvenir universitario

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Alberto De la Rosa Olvera


La decisión de elegir una mascota oficial para la Universidad Juárez del Estado de Durango no debe verse como un simple ejercicio de imagen pública ni como una concesión a las prácticas contemporáneas de mercadotecnia institucional. Para una universidad con la densidad histórica de la UJED, todo símbolo nace cargado de memoria. Una mascota universitaria no es únicamente una figura amable para portar en uniformes, carteles o eventos deportivos: es, ante todo, una síntesis visual y afectiva de aquello que una comunidad reconoce como propio.
La convocatoria recientemente publicada por iniciativa del rector Ramón García y con el aval unánime de la Junta Directiva busca, precisamente, consolidar un emblema de identidad, pertenencia y orgullo institucional. Entre sus criterios aparecen palabras que ningún historiador puede pasar por alto: pertinencia histórica, representatividad, originalidad y capacidad de identificación con la comunidad universitaria. Tales conceptos recuerdan que los símbolos no se improvisan; se legitiman cuando logran dialogar con la experiencia colectiva, con los valores heredados y con las aspiraciones de una generación.
La UJED no parte de una página en blanco. A lo largo de distintas etapas, sus equipos y grupos representativos han sido identificados con denominaciones como Halcones, Pumas o Diablos, cada una asociada a coyunturas deportivas, influencias institucionales o necesidades de diferenciación. También sus colores han transitado por una historia significativa: del azul y oro heredado de vínculos académicos anteriores al rojo y blanco que terminaron por convertirse en señas más propias de su trayectoria. Esa evolución revela un hecho fundamental: la identidad universitaria no es estática, sino un proceso de apropiación, debate y renovación.
En ese sentido, la elección de la mascota oficial representa una oportunidad pedagógica. La Universidad puede recordar a su comunidad que Durango no sólo es geografía, sino memoria cultural; que el juarismo no sólo es una referencia nominal, sino una tradición liberal vinculada con la educación pública, la razón cívica y la construcción de ciudadanía; y que una institución de educación superior no se define únicamente por sus edificios, programas o estadísticas, sino por los relatos que sus integrantes comparten sobre sí mismos.
Por ello, la mascota que resulte elegida deberá evitar dos riesgos. El primero es el localismo superficial, que reduce la identidad regional a un adorno pintoresco. El segundo es la abstracción excesiva, que produce símbolos correctos pero incapaces de conmover. Entre ambos extremos se encuentra el verdadero desafío: crear una figura que sea históricamente pertinente, gráficamente viable y emocionalmente reconocible para estudiantes, docentes, trabajadores, egresados y jubilados.
Una mascota universitaria eficaz debe poder habitar distintos espacios: el aula, el estadio, el desfile, la ceremonia académica y la memoria digital de las nuevas generaciones. Pero, sobre todo, debe expresar una continuidad: la de una institución que reconoce sus antecedentes sin quedar prisionera de ellos. La UJED necesita un símbolo que mire al pasado con respeto y al futuro con imaginación.
Como universitario apasionado, considero que el mayor valor de esta elección no radica únicamente en el resultado final, sino en el proceso comunitario que puede desencadenar. Preguntarse qué animal, figura o personaje representa a la UJED equivale a preguntarse qué universidad se quiere ser. Si la deliberación logra convocar memoria, creatividad y sentido de pertenencia, la nueva mascota no será una ocurrencia pasajera, sino un emblema capaz de reunir generaciones bajo una misma historia compartida.

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Profesor universitario, doctorado en derecho en la línea de investigación de la comunicación política. Actualmente es director de Radio Universidad 100.5 FM
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