
“Yo soy inevitable”, la frase la hizo famosa Thanos, el villano de una película; quizá nunca imagine que, fuera de la ficción, existe alguien que la pronuncia todos los días sin abrir la boca: la muerte.
Ella sí es inevitable.
Llega en el momento más incómodo, cuando todavía faltaban abrazos, conversaciones o un “nos vemos mañana”; no pide permiso, no toca la puerta, no pregunta si estamos listos; simplemente aparece y convierte el tiempo en un antes y un después.
La muerte, tiene esa extraña costumbre de robarse el protagonismo de cualquier habitación, de pronto, todo gira alrededor de una ausencia, las sillas vacías pesan, los teléfonos dejan de sonar igual y hasta el silencio parece tener otro idioma.
Pero, aunque parezca contradictorio, el mayor peso no lo cargan quienes se fueron; somos nosotros, los vivos, quienes debemos aprender a vivir con lo que dejaron.
Porque el duelo no es un golpe de un solo día; es una ola que regresa cuando menos lo esperas, en una canción, en una fotografía, en una fecha cualquiera, en un olor que parecía olvidado, es un dolor que a veces parece interminable, que cambia de forma, que nos desarma y nos obliga a descubrir cómo continuar cuando alguien que amamos ya no está.
Y, sin embargo, aquí está la parte de la que casi nadie habla: seguir viviendo también es una forma de honrar.
Aprender a vivir con el dolor no significa olvidar; significa permitirnos llorar sin culpa, buscar ayuda cuando la necesitamos, tomar terapia si hace falta, aceptar un abrazo, salir de casa cuando vuelva a existir la fuerza para hacerlo y entender que seguir viviendo no es traicionar la memoria de quien ya no está.
No se trata de dejar de extrañar, porque eso sería imposible; se trata de permitirnos volver a reír sin sentir culpa, de abrazar más fuerte a quienes todavía están y de comprender que también merecemos encontrar momentos de paz, incluso cuando alguien nos hace falta.
La muerte es inevitable, pero la forma en que atravesamos el duelo, en cambio, sí depende de nosotros, podemos encerrarnos en el sufrimiento o convertir el recuerdo en una razón para vivir con más conciencia; para decir “te quiero” antes de que sea tarde, para reconciliarnos, para abrazar más y posponer menos.
Y no, esto no significa que debamos apresurarnos a estar bien, ni que el dolor tenga fecha de caducidad; cada persona lleva su propio ritmo, cada ausencia tiene su propia historia y nadie debería exigirnos superar en unos días lo que nos duele en el alma, lo que sí podemos decidir es no caminar solos, pedir ayuda y darnos la oportunidad de continuar.
Porque al final todos tenemos la misma certeza: algún día nos iremos, lo único que todavía está en nuestras manos es decidir cómo vamos a vivir mientras ese día llega y cómo vamos a sostenernos unos a otros cuando la muerte vuelva a recordarnos que la vida nunca fue eterna.
Quizá por eso deberíamos dejar de dar por sentado el tiempo, las personas y las oportunidades; llamar a nuestros padres, visitar a nuestros abuelos, buscar a nuestros amigos, resolver los pendientes del corazón y dejar de creer que siempre habrá un mañana para decir lo que hoy callamos.
La muerte no nos pregunta si estamos preparados; la vida, en cambio, todavía nos permite elegir qué hacemos con el tiempo que tenemos.
El dolor no desaparece; se transforma, y quizá la mayor victoria no sea vencer a la muerte, porque eso nadie puede hacerlo, sino negarnos a dejar que también nos arrebate las ganas de vivir.
Porque la muerte es inevitable, sí; pero mientras estemos aquí, todavía podemos amar, reconstruirnos, pedir ayuda, volver a empezar y encontrar motivos para seguir adelante.
Al final, no se trata de aprender a despedirnos sin dolor, sino de aprender a vivir de tal manera que, cuando llegue la ausencia, nos quede la certeza de que amamos, de que estuvimos presentes y de que no dejamos para después todo aquello que realmente importaba.
La muerte es inevitable; dejar de vivir antes de tiempo no tendría por qué serlo.