
En México, la muerte también tiene un diagnóstico y, en buena medida, un componente prevenible. Las enfermedades del corazón, la diabetes mellitus y los tumores malignos encabezan las causas de mortalidad en el país. No se trata de una percepción ni de una interpretación política: son datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) que exhiben uno de los mayores desafíos para el sistema de salud mexicano.
Las estadísticas preliminares de 2025, publicadas por el INEGI en agosto de 2026, contabilizaron 762 mil 494 defunciones. De ellas, 89.8% se relacionó con enfermedades y problemas de salud, mientras que 10.2% correspondió a causas externas, como accidentes, homicidios y suicidios. Las enfermedades del corazón encabezaron la lista, con 117 mil 673 fallecimientos; les siguieron la diabetes, con 106 mil 874, y los tumores malignos, con 92 mil 6.
Estas cifras obligan a mirar más allá de los hospitales. La diabetes y las enfermedades cardiovasculares requieren atención médica, pero también prevención, diagnóstico oportuno, seguimiento clínico y acceso continuo a medicamentos. Cuando una persona desconoce su padecimiento, interrumpe su tratamiento o no consigue atención a tiempo, el problema deja de ser exclusivamente individual y pone a prueba la capacidad institucional para responder.
A este panorama se suman las enfermedades del hígado, los accidentes, la influenza y la neumonía, así como los padecimientos cerebrovasculares. Cada una tiene causas y factores de riesgo distintos, pero todas exigen políticas públicas sustentadas en evidencia, campañas de prevención que lleguen a la población y servicios médicos capaces de atender a las personas antes de que su condición se convierta en una emergencia.
Los datos disponibles de 2026 confirman que el problema continúa. Entre enero y marzo de este año se registraron preliminarmente 207 mil 599 defunciones. Las tres principales causas volvieron a ser las enfermedades del corazón, la diabetes mellitus y los tumores malignos. Es importante precisar que se trata de cifras trimestrales preliminares, no del balance anual definitivo.
El desafío, por tanto, no consiste solamente en contabilizar fallecimientos, sino en identificar cuántos pudieron evitarse mediante mejores condiciones de vida, prevención efectiva y atención médica oportuna. También implica reconocer que los hábitos personales importan, pero no sustituyen la responsabilidad de las instituciones de garantizar servicios de salud accesibles y de calidad.
La mortalidad no puede reducirse a una estadística que se presenta en una conferencia y después se archiva. Detrás de cada cifra hay una familia, una ausencia y, en determinados casos, una enfermedad que avanzó sin ser detectada o atendida a tiempo.
México necesita dejar de reaccionar ante la enfermedad cuando ya amenaza la vida. La prevención debe ser una prioridad presupuestal y operativa, no solamente un discurso institucional. Porque medir cuántos mexicanos mueren es indispensable; demostrar que el Estado trabaja para que menos personas mueran por causas prevenibles es la verdadera prueba de una política de salud eficaz.