
El arranque del quinto año de gobierno de Esteban Villegas Villarreal no se parece al inicio de una nueva etapa administrativa, sino al comienzo de la cuenta regresiva política. Después del cuarto informe, el gobernador de Durango entra en el tramo donde el poder ya no solo se ejerce: también se administra, se defiende y se hereda. Y en ese terreno, cada gesto, cada declaración y cada silencio empiezan a leerse como parte de la sucesión.
Villegas llega a este punto con una narrativa oficial sostenida en el rescate financiero, la disciplina presupuestal, las obras de infraestructura y la promesa de dejar bases firmes para el futuro. Ha insistido en que Durango debe cerrar el sexenio con estabilidad, inversión y un proyecto económico de largo aliento. Pero la política tiene sus propios calendarios, y el quinto año suele ser el momento en que los resultados dejan de ser el único tema: lo que empieza a importar es quién se queda con la ruta, quién se adelanta y quién se desmarca.
Por eso cobra relevancia su lectura sobre las traiciones. Cuando un gobernador advierte que está preparado para ser traicionado por los suyos, no solo exhibe una preocupación personal; revela que la sucesión ya entró al gabinete, a los grupos políticos y a los aliados que comienzan a calcular el día después. En política, la lealtad casi nunca se rompe de golpe: primero se enfría, luego se condiciona y finalmente se acomoda al nuevo centro de gravedad.
Villegas parece saberlo. Su mensaje no fue casual ni aislado. Es una advertencia hacia dentro y una señal hacia fuera. Hacia su equipo, porque les recuerda que todavía tiene margen de maniobra y capacidad de reacción. Hacia los aspirantes, porque les advierte que la candidatura de 2028 no será un reparto de afectos ni un premio por cercanía. Y hacia la alianza que lo llevó al poder, porque deja claro que el gobernador quiere participar en la definición del futuro, no limitarse a observar cómo otros escriben el desenlace.
El problema para Esteban Villegas es que cuidar la sucesión exige más que autoridad. Requiere orden interno, resultados visibles y una coalición capaz de resistir el desgaste natural del gobierno. El PRI y el PAN necesitarán llegar a 2027 con estructura, votos y narrativa; de lo contrario, la elección intermedia puede convertirse en una medición anticipada de fuerza rumbo a 2028. En ese contexto, la posibilidad de que el propio gobernador valore una candidatura federal no es un dato menor: sería una forma de mantenerse en el tablero, conservar presencia nacional y evitar que el cierre del sexenio lo arrincone políticamente para salir por la puerta trasera del Bicentenario.
La frase clave no es quién quiere sucederlo, sino quién puede ganar. Ese criterio, pragmático y frío, anticipa una sucesión menos sentimental que competitiva. Villegas no puede darse el lujo de empujar a un perfil débil solo por lealtad personal, pero tampoco puede permitir que un aspirante demasiado independiente se convierta en amenaza antes de tiempo. Su dilema será encontrar a alguien que garantice continuidad sin desplazarlo prematuramente del centro de decisión; por eso Toño Ochoa no es opción.
Ahí radica el verdadero reto del quinto año: gobernar mientras todos empiezan a pensar en la siguiente campaña. Los secretarios buscarán sobrevivir al reacomodo; los alcaldes medirán su peso territorial; los partidos negociarán posiciones; y Morena, con su maquinaria nacional, esperará cualquier fractura para convertirla en oportunidad. En Durango, como en tantos estados, la sucesión no comienza cuando se abren los registros, sino cuando el gobernador descubre que ya no todos obedecen por convicción, sino por conveniencia.
Esteban Villegas inicia así su quinto año con una paradoja: necesita mostrar fortaleza sin parecer amenazante, ordenar a su equipo sin provocar más rupturas y conducir la sucesión sin adelantar demasiado el nombre de quien podría heredar el proyecto. Si logra mantener cohesionada a su alianza, llegar con resultados al 2027 y administrar con inteligencia las ambiciones internas, todavía podrá influir en el futuro de Durango. Si no, las traiciones que hoy visualiza podrían dejar de ser advertencia para convertirse en realidad.