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¡PUES NO DECÍAN QUE EL GOBERNADOR ERA INOCENTE!
La sombra que no se va: Sinaloa y la comodidad del poder

La sombra que no se va: Sinaloa y la comodidad del poder

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Felipe Correa
400 palabras
25/08/2026

Hay una diferencia sustancial entre la estrategia jurídica y la responsabilidad política. En los tribunales, un acusado puede guardar silencio, parapetarse tras la presunción de inocencia y esperar a que el tiempo degrade las pruebas del acusador. En el ejercicio del poder público, sin embargo, la omisión y el repliegue se convierten de inmediato en un mensaje devastador: la sospecha de que la autoridad ya no pertenece a los ciudadanos, sino a las sombras que la cercan.

La crisis institucional en Sinaloa bajo el gobierno de Rubén Rocha Moya ha alcanzado un punto de no retorno. No se trata únicamente del avance contundente de la violencia —reflejado en un incremento drástico de homicidios que pasaron de 600 en 2021 a 1,656 en 2025, acompañados del aumento paralelo en feminicidios y desapariciones—, sino del colapso moral en la forma de conducir el Estado. Cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal contra el mandatario estatal por presunta complicidad y protección al Cártel de Sinaloa y la facción de “Los Chapitos”, la discusión rebasó los límites del debate electoral local para convertirse en una encrucijada de seguridad nacional.

Frente a imputaciones de tal gravedad, la defensa del gobernador no ha sido la claridad técnica ni la rendición de cuentas, sino la clásica maniobra del cinismo político: negar, acusar persecución externa, apelar a la lealtad partidista y refugiarse en el argumento formal de que “no hay una sentencia firme”. Se confunde así el debido proceso penal —al que todo ciudadano tiene derecho— con la idoneidad ética para ostentar la máxima magistratura de un estado. La presunción de inocencia no otorga presunción de idoneidad para gobernar.

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El episodio de agosto de 2026 terminó por retratar la concepción personalista del poder que predomina en la administración sinaloense. Tras meses de ausencia bajo licencia, el intento de Rocha Moya por reinstalarse intempestivamente en el despacho gubernamental —como si el cargo fuera un bien patrimonial recuperable a voluntad— evidenció una desconexión total con la realidad social. La respuesta del Ejecutivo Federal, al calificar la maniobra como no pertinente para los intereses de la nación y forzar un nuevo pedido de licencia indefinida, no solo dejó expuestas las fisuras internas del movimiento oficialista, sino que confirmó lo evidente: Sinaloa atravesaba un vacío de autoridad intolerable.

En seguridad pública existe una máxima ineludible: cuando el Estado guarda silencio y rehúsa dar explicaciones sobre sus vínculos, nombramientos y omisiones, el crimen organizado ocupa el espacio narrativo y operativo. Sinaloa no necesita discursos de victimización ni consignas partidistas; requiere un ejercicio elemental de rendición de cuentas, datos verificables e instituciones sometidas verdaderamente al imperio de la ley.

El juicio penal del caso tomará su propio cauce en los tribunales correspondientes, pero el juicio político y social ya está en marcha. Gobernar no consiste en resistir en el cargo hasta que la tormenta pase, sino en asumir la responsabilidad de las propias decisiones. Cuando un gobernante actúa bajo la premisa de que la ley es un obstáculo distante y el poder una coraza de impunidad, la pregunta deja de ser sobre el destino de un hombre y pasa a ser sobre la supervivencia misma de la democracia.

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Felipe Correa Politólogo de carrera, cuenta con experiencia en comunicación de crisis y aborda temas sociales. Participa en medios como Municipios Durango, Grupo Garza Limón y Lobos Cadena 7.
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