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De héroes a prescindibles: la paradoja del personal de salud en México

De héroes a prescindibles: la paradoja del personal de salud en México

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Felipe Correa
400 Palabras
14/10/2026

Durante la pandemia, el personal médico ocupó el centro del relato nacional. Médicos, enfermeras, camilleros y laboratoristas se convirtieron en el rostro visible de una confrontación contra un virus que no distinguía fronteras ni privilegios. La sociedad los aplaudió desde los balcones, los discursos oficiales los elevaron a la categoría de héroes y se reiteró hasta el cansancio que la salud constituía una prioridad. Años después, ese mismo personal enfrenta una realidad más silenciosa y, por ello, más reveladora: la de haber transitado de la primera línea de batalla a la última posición en la lista de prioridades institucionales.

La primera línea no desapareció; cambió de enemigo. Ya no se trata únicamente del patógeno, sino de la carencia de insumos, el desabasto de medicamentos, la burocracia sorda y las condiciones laborales que convierten el trabajo cotidiano en una lucha adicional. Cuando esas fallas dejan de ser cifras en un reporte y se transforman en muertes de recién nacidos —como ocurrió en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales del Hospital General de Zona número 1 del IMSS en Durango, o en el Hospital de Gineco Obstetricia del Centro Médico Nacional de Occidente en Guadalajara—, el problema adquiere una dimensión moral y política que ninguna institución puede eludir.

Las investigaciones deben seguir su curso. Resulta legítimo y necesario esperar evidencia antes de señalar negligencias o responsabilidades individuales. Convertir a todo el personal en chivo expiatorio sería injusto. Sin embargo, también lo es esconderse detrás de la complejidad de los peritajes para diluir la urgencia de las respuestas. Detrás de cada expediente existe una madre que salió del hospital sin su hijo y una sociedad que necesita recuperar la confianza en sus instituciones de salud. El silencio institucional, cuando se limita a comunicados fríos o a la administración de la información, no protege a nadie: profundiza la desconfianza.

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En este escenario aparece un actor que merece un examen más severo: los sindicatos del sector salud. Su razón de ser debería consistir en representar a los trabajadores, exigir condiciones dignas, vigilar el abastecimiento y funcionar como un contrapeso real frente a las autoridades. Cuando esa intermediación se vuelve complaciente, se limita a gestionar prestaciones o aparece únicamente cuando el contexto político lo permite, pierde legitimidad. Un médico sin medicamentos o una enfermera sin material suficiente no enfrenta únicamente un problema laboral; enfrenta un obstáculo concreto para cumplir con su obligación ética de proteger la vida. Normalizar esas carencias atrapa al trabajador entre la exigencia de atender y la imposibilidad de hacerlo con dignidad.

La paradoja resulta brutal. Se exigió que arriesgaran todo durante la emergencia. Ahora, sin confinamientos ni aplausos colectivos, corresponde preguntarse si las instituciones están haciendo lo mínimo para que ese mismo personal pueda trabajar con seguridad, recursos y respaldo. Los discursos oficiales y las auditorías posteriores a la tragedia no bastan. La prioridad se demuestra en los presupuestos, en los almacenes, en los protocolos de higiene, en la supervisión hospitalaria y en una rendición de cuentas que no se active solo cuando la tragedia ya ocurrió.

Los trabajadores de la salud nunca dejaron de estar en la primera línea. Lo que se debilitó es el compromiso institucional de respaldarlos. Cuando un sistema obliga a su personal a combatir la enfermedad y, al mismo tiempo, las deficiencias de la propia institución, no solo erosiona la dignidad profesional: compromete aquello que debería proteger por encima de cualquier interés político o administrativo: la vida.

Ninguna institución, por poderosa que sea, puede exigir confianza mientras evade las preguntas que esa confianza necesita para sostenerse. El trayecto de la primera línea de batalla a la última en prioridad no puede normalizarse. Porque cuando las carencias se vuelven rutinarias, el costo no lo pagan solo los trabajadores: lo paga la sociedad entera.

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Felipe Correa Politólogo de carrera, cuenta con experiencia en comunicación de crisis y aborda temas sociales. Participa en medios como Municipios Durango, Grupo Garza Limón y Lobos Cadena 7.
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